“Para redescubrir canciones” – La Nación

LA NACIÓN.- 4 Septiembre 2016
Por César Apicella.


Marcelo Moguilevsky y Juan Falú. Foto: CARLOS FURMAN

Una reflexión muy personal: a estas alturas existe más riesgo en la interpretación de temas clásicos de un cancionero, como el del tango o el del folklore argentino, que en la obra propia. Siempre y cuando eso sea visto desde lo artístico, no desde el entretenimiento. Por supuesto que un cantor que sube al escenario de un festival con el fin de entretener debe ir a lo seguro con temas tradicionales, no con inéditos a los que, sin duda, pocos le prestarán atención. Pero en el terreno artístico, hay más riesgo en lo clásico porque es más difícil obtener versiones que valgan la pena, que no sean más de lo mismo.

Este es un disco con muchos temas del folklore argentino que fueron (en distinta medida y épocas) éxitos o, al menos, bastante difundidos; y que perduraron. Se convirtieron en clásicos. Hay que ser muy valiente, atrevido e inspirado para convertir eso en algo que sorprenda con ese repertorio (en este caso: “La vieja”, “Zamba del laurel”, “Si llega a ser tucumana”, “Zamba de Lozano”, “Zamba de Argamonte” y la chacarera “Del 55”, entre otras.

Si el trabajo de arreglos es bueno y original, si las grabaciones en el estudio terminan siendo registros inspirados y con buen sonido, es posible “contar” algo interesante, diferente, con estas canciones.

Pues bien, a juzgar por el resultado, el guitarrista Juan Falú y el aerofonista Marcelo Moguilevsky no escribieron sesudos arreglos hasta darse cuenta de que tenían un trabajo digno de ser grabado en un estudio. Nada de eso. Ayer es siempre se manifiesta como el resultado del buen oficio de estos dos talentos de la música popular argentina, con algunos arreglos, sí, pero con más predisposición a la construcción espontánea a partir de exquisitas melodías. Falú y Moguilevsky conocen bien el arte de conversar en música (que no es lo mismo que improvisar). Y tienen la posibilidad de convertir cada canción en relatos atractivos, emotivos, entrañables, según el caso. Los mejores momentos no son aquellos en los que la guitarra acompaña a los aerófonos sino esos en los que arman una trama.

Llamarlo dúo es un poco exagerado porque apenas publicaron tres discos en 20 años y sus encuentros son muy esporádicos. (Editaron Improvisaciones en 1996 y Semitas en 2003, antes de este flamante Ayer es siempre). Pero lo cierto es que cuando se juntan a tocar son un gran dúo. Y así lo demuestran en este disco, grabado en vivo, en mayo del año pasado, en Espacio Tucumán. Y los años (ellos mismos hacen referencia al paso del tiempo, en un texto que escribieron para el arte de tapa) les han jugado a favor con un silencio, con una pausa, con la claridad de una melodía, esa que está más cerca de la reflexión que del virtuosismo efímero de otras épocas de la música popular, de otras juventudes. El clima que logran con su voces en los finales de “Vidala del imposible” o en “Pan del agua”, son ejemplos de su capacidad para que el oído sienta como si estuviera descubriendo esas canciones, como si fuera la primera vez.