Lucho, 40 años después

No pudo despedirlo nuestro padre. Tampoco nuestro hermano Ricardo que se nos acaba de ir. Tal vez tampoco pueda nuestra madre, en este momento respirando su último aire en una sala de terapia intensiva. La Esthercita tiene 99 años.

El dolor la fue llevando hacia el irremediable olvido como forma de mitigar angustias y las desesperantes preguntas sin respuestas. Pero una madre parece saberlo todo. No en vano amaga pañuelos de despedida al día siguiente de la identificación de los restos de su hijo Lucho.

Y Lucho nos devuelve toda la vida resumida en la noticia esperada, la vida resumida en unos huesos que marcan presencia. La vida resumida en nuestra memoria. Es el hermano querido de siempre, el orejudo de la infancia, el wing izquierdo de la adolescencia, el juntador de libros del pensamiento nacional en su truncada adultez. El tucumano de un Tucumán que nos dolía con orgullo y llegó a dolernos con vergüenza.

Pero ya es desde hace tiempo más que un hermano. Es simplemente Lucho, el nombre del cariño entrañable, el nombre de la guapeza y de los sueños.

En estos días en que parece que la patria es homenajeada de una manera extraña por quienes son capaces de venderla, la patria es Lucho. La patria son los compañeros que no están. La patria es la justicia social y la soberanía popular. La patria es la Patria Grande.

De eso no nos olvidamos nunca, nunca, querido Lucho.

Gracias inmensas al Equipo de Antropología Forense, al CEMIT, los abogados de derechos humanos y los equipos los organismos de derechos humanos de Tucumán.

Sigamos siempre colaborando en sus tareas.

Gracias a todos los congregados en este gran abrazo.

Juan Falú.-