Juan Falú: Refugiado en la zamba

Entrevista. El guitarrista y compositor tucumano celebra medio siglo con la música y edita tres discos para coronar el festejo. Repasa su trayectoria con Ñ.

POR LUCAS PETERSEN

Juan Falú: Refugiado en la zamba

JUAN FALU. Su obra fue interpretada por los más grandes músicos del país.

Las fechas obran de manera extraña. Juan Falú sabe que no es demasiado distinto éste que festeja medio siglo de relación con la música del que el año pasado no conmemoró ningún aniversario. Sin embargo, no pudo resistirse a la invitación a rememorar aquello que se puso en marcha el 3 de diciembre de 1963, cuando un Alfredo Juan Falú de 15 años se subió por primera vez con una guitarra a un escenario –el de la Caja Popular de Ahorros de Tucumán– para sumarse a un homenaje al folclorista Nabor Córdoba.

Desde entonces, fueron enfilándose algunos tempranos años de juvenil éxito en concursos y festivales, más de veinte discos propios o en grupo, incontables colaboraciones en obras y conciertos ajenos, dos libros – Ridículum vitae (Historias guitarreras) y un cancionero editado por la Universidad de Villa María–, la gestación de la carrera de Tango y Folklore en el Conservatorio Manuel de Falla, la dirección del festival Guitarras del Mundo y las vicisitudes de la vida: la guitarra en segundo plano en tiempos de militancia revolucionaria, la represión creando huecos demasiado cerca, el exilio que es siempre demasiado lejos.

El festejo por el medio siglo de historial artístico tendrá su punto cúlmine hoy en el ND Teatro, cuando comparta el escenario con algunos de los músicos con los que guarda afinidades artísticas muy estrechas, como Liliana Herrero, Juan Quintero, Lilian Saba, Carlos Aguirre, Rubén Lobo, Andrés Pilar, Marcelo Chiodi, Bárbara Streger, Florencia Bernales y Ramiro Gallo. Todos ellos, y varios más (como Jairo, Pepe Núñez, Marcelo Moguilevsky, Oscar Alem, Jorge Marziali, Ramón Navarro, Silvia Iriondo, Luna Monti y Rosendo Gruart, entre otros), participan en los tres discos que acompañan el festejo, el doble Zonko querido, en vivo y Ronda de amigos. A esto se suma un libro de memorias, De la raíz a la copa , próximo a salir.

Pero, para el guitarrista, lo que vale queda documentado sólo como resto en las enumeraciones. Lo que vale es lo más evanescente, aquello que es sólido en su fugacidad. La trama de relaciones humanas y vivencias que ese rosario de cucardas biográficas sugieren pero omiten. El arte como experiencia tanto íntima como colectiva, que se revela en el misterio del encuentro con el otro. Lo mismo que revela cuando habla y sonríe con sus propias ocurrencias buscando y logrando complicidad. Quienes vieron a Falú en vivo lo saben: su modo pausado de hablar, los silencios sobre los que va edificando las frases, la picardía y la reflexión, la gráficamente irreproducible cadencia del tucumano que refuerza o redefine el sentido de las palabras en un arrastre de vocales o en la marcación de cada sílaba.

Falú asegura que el medio siglo de escenarios sólo en parte le resulta significativo. “No tomo ninguna fecha ni aniversario como un acontecimiento especial. Mi vida artística tiene otros tipos de símbolos, de acontecimientos para festejar. Por ejemplo, una composición. Es un gustito muy especial lo que genera el hecho creativo cuando a uno le complace. En ese sentido, todos los días hago balances. De todos modos, me vi en la posición de recordarme adolescente, en toda esa intensidad de tocadas con mucha frecuencia. A veces me emociona pensarme como un adolescente que elegía determinadas músicas y que esas músicas me marcaron para toda la vida”.

¿Cuáles fueron?
–Fue muy extraño porque cuando los Beatles, por ejemplo, empezaban a sonar fuerte, yo escuchaba a los Swingle Singers, que era un grupo vocal fantástico. O escuchaba a Dave Brubeck, Miles Davis, John Coltrane, João Gilberto. Escuchaba el folclore que iba renovando, como los Huanca Hua, el Grupo Vocal Argentino, Los Andariegos, Los Nocheros de Anta, Los Nombradores, Buenos Aires 8, Los Trovadores. Escuchaba mucho a Eduardo Falú. Y la guitarra: en ese tiempo admiraba a Andrés Segovia.

¿La de Eduardo Falú era una influencia familiar o era un monumento que influía desde una exterioridad, desde el “hombre que grababa discos”?
–En realidad, lo familiar incidió para que yo lo venerara como una especie de padre sustituto, de personalidad casi sagrada. Pero cuando fui creciendo y viendo cómo era disfrutado Eduardo Falú por los otros (por los que no eran parientes), cuando empecé a identificarme con ese otro en la belleza de la música de Eduardo, en el sonido, en el concepto artístico, en su sobriedad, en la hondura de esa guitarra y esas canciones, me di cuenta de que la admiración no tenía que ver con la posición parental sino que era la admiración a un enorme artista.

¿Yupanqui qué lugar ocupa?
–También enorme. Yo pasé hace muchas décadas la etapa en que tenía que optar entre uno u otro. Eso sí tenía que ver con lo familiar. Después, por suerte, nunca se me planteó como una opción. A mí me gusta pertenecer a un país que tiene a los dos. Los siento imprescindibles.

¿Qué representaba cada uno?
–Cuando se polariza siempre hay una posición prejuiciosa. En el momento era Boca o River, Juan Gálvez u Oscar Gálvez, Ford o Chevrolet, nacionalismo o liberalismo, Sarmiento o Rosas, Yupanqui o Falú. Yupanqui era el sentimiento y Falú la técnica. Una barbaridad. O Yupanqui era el canto y Falú la guitarra. Entonces, decían que no cante, que solamente toque. Después lo sufrí en carne propia… La composición fue para Juan Falú crucial para pensarse como artista. En rigor, su carrera tiene dos comienzos. El de aquellos inicios adolescentes y el del músico que se reencuentra en el exilio en Brasil. En el medio, el huracán de la historia había arrojado la guitarra al segundo plano de la guitarreada antes que a las luces del concierto. Es por eso que le cuesta asumirse como alguien que ha tocado cincuenta años en escenarios de todo el mundo. “Me siento más como un artista que inicia un segundo camino en democracia, porque ya regreso al país con un bagaje de obras propias, lo cual a mí me da ya una entidad de compositor que me completa más. Antes era más un intérprete.”

¿Tiene algo malo ser un intérprete?
–No, nada. No tiene nada de malo.

¿Y por qué sentía que tenía que componer?
–Lo sentía como una necesidad. Me salían ideas y evidentemente tuvo que pasar algo en mi vida para que esas ideas salieran y cobraran una forma y una identidad. Es como un crecimiento. Algo tenía que pasar y creo que me pasó estando exiliado.

–Muchos exiliados marcan el redescubrimiento o la vivencia de la tierra de origen a través de la música.
–Siempre sentí eso. Toco folclore porque lo hago desde niño. El folclore me vinculó con mi gente, con mi provincia, mi ciudad y después con mi país. No es que yo me sienta más argentino por hacer música de raíz folclórica sino al revés: desde un profundo amor por las culturas provincianas argentinas salió la opción de cantar esa música. Me gustan otras músicas, pero no sé si tendrían la misma significación para mí. Por ejemplo, yo sueño con tocar Bach. Tengo siempre partituras en un atril para ver si un día me pongo a estudiarlo. A veces amago, pero no llego a hacerlo. Entonces vuelvo a la zamba y me sale tan natural que evidentemente es mi música.

¿Cuál es su relación con la academia?
–Tengo una relación de respeto. Mi aprendizaje fue completamente autodidacta, informal, desordenado, a base de muchas trasnochadas y encuentros con la música en vivo. Sin embargo, no me he cobijado en una posición antiacadémica. Yo creo en el estudio sistemático, pero acompañado de las vivencias, de un modo de concebir la música con el otro, cuando fluye al lado de las emociones de los que están presentes. Esas dos vertientes son muy fuertes y por suerte hay músicos que las reúnen.

¿Cómo se enseña música popular en el Conservatorio? ¿Cómo se enseñan esas vivencias?
–Ese es el desafío. Sin la vivencia es imposible transmitir una música que no está ni escrita ni consagrada en una academia, en una bibliografía o en un plan de estudios. Pero con la vivencia sola no alcanza. Uno va aprendiendo a adquirir ciertos comportamientos académicos que son necesarios. Metodologías, programas de estudio, formarse uno mismo para transmitir. O por lo menos reconocer las limitaciones. El docente tiene que tener clara conciencia de sus posibilidades y limitaciones.

¿Cuáles son las limitaciones que encontró como guitarrista?
–Yo no he sido un estudioso del instrumento. Zafo porque adapto las interpretaciones a mis posibilidades. Una vez hice un disco de obras mías para guitarra e invité a un alumno, Pablo Uccelli, y le dije “hay temas que yo no voy a poder tocar” (y eran temas míos). No soy un guitarrista que pueda lucirse en una escala veloz, por ejemplo. Y un poquito me acompleja eso porque a veces uno tiene ideas que requieren de dedos para realizarlas. Pero uno va compensando con formas interpretativas que tienen que ver más con la búsqueda de la calma que del vértigo. De todos modos ya no es el momento de quejarse.

Ñ Escenarios – Clarín.-