Juan Falú, o un hombre limándose las uñas

Por Leandro Vecino.-
REVISTA ORILLAS 14 diciembre 2017

Foto: Gentileza Jorge SHIROMA

La Biblioteca Ronco de la ciudad de Azul es una construcción antigua, de techos altos y pisos de pinotea. A primera vista se ven libros viejos, de cubiertas de cuero, lomos gruesos y letras doradas, acomodados prolijamente en los anaqueles. En un rincón hay una especie de escenario, una elevación, y sobre él un escritorio y una silla; alrededor, otras sillas forman semicírculos como si se tratase de un anfiteatro. Hay un murmullo, una charla previa entre los presentes con mate y galletitas de por medio, porque así está anunciado el encuentro: como una mateada.
Pasadas las seis de la tarde, entra un hombre alto, con el pelo cano, unos lentes de marco fino que le resaltan la nariz y una guitarra enfundada, al hombro. Todos aplauden a Juan Falú. El aplauso es sostenido. El tucumano es uno de los grandes nombres de la guitarra argentina. “Pero el maestro, además de un gran compositor y guitarrista, ha sido un gran luchador popular”, dice la presentadora y toma asiento en la primera fila. “No más que el resto”, apunta Falú, militante del peronismo en los 60 y 70, que debió exiliarse en Brasil durante la última dictadura cívico-militar.
Falú busca la guitarra, su gran compañera. No es la vieja viola con la que grabó su segundo disco, esa que lo acompañó en tierras cariocas y que el ingeniero de sonido le dijo que sonaba mal, pero era la única que tenía; y, por ser la única, le dio el nombre a aquel trabajo: “Con la guitarra que tengo”.
Ahí están el hombre y su instrumento y, cuando parece que va a desenfundar la música, Falú sorprende: “Me voy a limar las uñas –dice–. No sé qué tenemos que hacer, así que empiecen a preguntar”. Toma una lima y empieza por el dedo pulgar de la mano derecha. Los presentes sonríen de manera cómplice con el orador. Un silencio breve, y continúa: “Perdónenme, pero pensé que iba a tener tiempo de limármelas antes”, se excusa, y saca la primera anécdota: “Una vez estaba tocando en una cárcel, en Villa Devoto, y se me rompió una uña. Yo, sin darme cuenta del lugar en donde estaba, pregunté si alguien tenía una lima. Se quedaron todos mudos”, cuenta, y se escuchan las primeras carcajadas, mientras alguien del público, tal vez el único de todos los que están, toma consciencia de lo que está viendo y le dice por lo bajo a quien lo acompaña: “Yo nunca vi gente que se junte a ver a un tipo limarse las uñas”.
“Leí que era una mateada”, sigue Falú. “Ahora, hacer un ‘movimiento’ de reivindicación del mate en este momento… Qué bárbaro eso, qué increíble… Nos faltan las reposeras”. Con Falú presente, la discusión sobre los parámetros estéticos está asegurada.
El maestro, mientras continúa trabajando sobre sus manos, insiste una vez más para que el público abra el juego con las preguntas. Ante la falta de intervención, comienza a hablar con su tono pausado, a hilar un relato como sólo pueden hacerlo los buenos narradores.
“Yo me volví desconfiado de los discursos –dice–. A veces el artista, o la figura que está más o menos en un cierto nivel de conocimiento público, se pone a decir ‘verdades’. A mí me parece que uno puede tocar la guitarra, pero eso no le da derecho a tener la verdad de las cosas. Por eso me volví desconfiado, incluso de mis propias palabras. Y por eso prefiero tocar”.
Así muestra lo primero, Falú, y atrapa la atención. Pero tal vez para no sonar solemne y no convertirse en un blanco de su propia crítica, vuelve a la lima y sus uñas: “Este es un tema de los guitarristas, eh. Hay cualquier cantidad de limas. Las casas de música ya las venden como chuchería, con otra función”, y abrasa las cuerdas con una lima plegable, el sonido de la guitarra se apaga y ejecuta un arpegio, como si estudiara.
El público sigue observando a un hombre limándose las uñas y no interviene. “Bueno, ¿qué quieren saber?”, pregunta Falú. “Recuerden que hay que desconfiar”, les repite. “Capaz que eso tiene que ver con el momento político”, agrega, y vuelve al análisis de los discursos. No es casual: su vida universitaria transcurrió en los pasillos de la Facultad de Psicología de la Universidad Nacional de Tucumán.
“El otro día leí una nota muy interesante sobre lo que sucede con la conciencia en estos tiempos. Hasta me animaría a leérselas. Habla de una estrategia de la propaganda y la publicidad, basada en estudios neurocientíficos, unas ramas que están medio en boga. La idea sería más o menos así: para la conciencia de la sociedad de hoy, no entran los conceptos más profundos o ideológicos: el de libertad, el de arte, pensamiento filosófico; sino, más bien, entra lo inmediato: cómo vivimos, el tránsito, el alquiler, las facturas de los servicios. Eso desarticula los lenguajes políticos y los políticos se ven obligados a hablar de lo inmediato. Si hablan, por ejemplo, de ‘Liberación nacional’, no significa nada. Entonces, ideas por las que nosotros hemos vivido, conceptos que, creemos, tienen que ver con el destino de la humanidad, no llaman la atención. Eso genera una especie de desazón.
Yo lo asocio mucho con lo que pasa hoy en día. No voy a hablar en contra del macrismo, porque en una de esas me echan a patadas, pero creo que el macrismo usa estrategia”.
“La usa a favor”, dice una voz del público. “Es obvio que la usa a favor”, le contesta Falú, hace una pausa mínima, para causar efecto y agrega: “A favor de ellos”. La mayoría de los presentes sonríe. “A favor de la sociedad”, dice la voz del público y el resto se enciende en un murmullo que cesa cuando Falú vuelve a intervenir: “Bueno… Yo quiero hablar de algo más general, no de política, porque la grieta existe”. A este cronista lo sorprende con el comentario, pero piensa que el tema, de alguna manera, volverá aparecer.
Falú asume, entonces, el rol de conferencista. Sin embargo, introduce, no de manera ingenua, un concepto vinculado al suceso anterior: “Soy enemigo de la idea de que el arte es un camino al éxito. Porque si es un camino al éxito, empezamos a negociar todo. Qué se toca, cómo, dónde, cómo compongo. En cambio, si el arte es un camino dignificador, que me trasciende y nos trasciende a todos, es diferente”.
“¿Cuál creés que es hoy la función de los músicos y los artistas?”, le preguntan. “Hay una definición de Yupanqui que me gusta mucho: ‘Un artista, más que deslumbrar, tiene que alumbrar’”, responde. “Es una definición muy buena y tiene que ver con los temas que acabo de tocar. La idea de deslumbrar, en el arte, es una idea peligrosa. Porque se puede deslumbrar con fuegos artificiales. Y eso, a lo mejor, no alumbra. Es un destello fugaz, y se va. El arte que alumbra es la canción que se queda, eterna, la música que nos lleva a enlazarnos en la memoria colectiva, de la tierra, de los pueblos. No necesariamente me refiero a la canción de protesta. Una canción de amor bien hecha también es una canción que alumbra. Y, a veces, la canción de protesta deslumbra y no alumbra.
El arte tiene que conmovernos mucho. Si no podemos llorar con la música, capaz que no vamos a conmover a nadie cuando toquemos. Tengo esa sensación. Si no tenemos la capacidad de emocionarnos ante una obra de arte, posiblemente no emocionemos a nadie”.

Foto: Gentileza Nacho Correa

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Luego Falú aborda temas que tienen que ver con la técnica del instrumentista, pero siempre acentuando la importancia de la sensibilidad y la creatividad. Si bien cree, como buen autodidacta, estar “condenado a tener un vínculo emocional con la interpretación” y no le preocupa “el perfeccionismo” que da la técnica, valora y sugiere el estudio en la música. “Creo que hay que estudiar, pero también hay que usar la oreja. Es una mezcla”, dice.
En otro pasaje del encuentro, se embarca una vez más, en lo que a esta altura parece ser una constante, en otra antinomia, en otra grieta: “Soy de una generación que ha crecido con una polarización impresionante entre la tradición y la vanguardia. Eran dos fuerzas opuestas que no se encontraban nunca y obligaban a uno a enrolarse en un lugar”.
Falú cuenta que éste es un tema que tocan entre los docentes de la Universidad de San Martín. Toma el celular, entra en el grupo de WhatsApp que comparte con el resto de los profesores y lee: “Tradición no es la adoración de las cenizas, sino la preservación del fuego”. La cita pertenece a Gustav Mahler y fue llevada hasta ese espacio de debate virtual por uno de sus colegas. Otro de los integrantes, hábilmente, sigue el juego de las metáforas, en este caso de la mano de Arturo Jauretche: “Se va apagando el fogón / y en el recuerdo que pasa / me pregunto si mi raza / como ese fuego agoniza / ¡o si está ardiendo la brasa / y hay que soplar la ceniza!”.
“Gran pensador nacional, Jauretche –dice Falú, con el índice de la mano derecha en alto–. Hay que sacarse el sombrero con Arturo Jauretche. Fíjense lo que son las vueltas de la vida: hace 25 años yo le puse música a esos versos, para un documental que se llama ‘La ceniza y la brasa’. Y me había olvidado. Le agradecí a este chango que me hizo acordar”.
Un nuevo silencio, breve. Antecede algo. Falú arremete: “Lo que pasa es que uno no es como Santaolalla, que hace música para películas. No tengo esa capacidad de agarrar un charango y un bombo, sin saber nada de folclore, y ganarme un Oscar. Eso realmente es capacidad: no sabe nada y gana un Oscar con un bombo y un charango. Y como gana un Oscar, todo el boberío de los programas…”, lo deja ahí, no continúa porque no es necesario. Es una provocación, sí, hilarante para los presentes, pero en realidad sintetiza la esencia de todo su discurso.
“Ahí la raíz no está”, le acotan. “¡No, qué va haber raíz ahí!”, exclama Falú, acompañando su frase con el ademán con el que se manda a la mierda a alguien.
“Siempre hago una salvedad. Para mí, una cosa es la tradición y otra, el tradicionalismo. A mí no me cae muy simpático el tradicionalismo. Pero como estamos en el medio de la grieta, no voy a desarrollar demasiado el tema. El tradicionalismo es el amor a lo propio con un rechazo a lo nuevo. Del tradicionalismo han hecho gala los patrones de estancia, los militares… Hay mucho nacionalismo. Yo amo mucho a mi tierra y a mis tradiciones, pero me gusta el progreso”. Parece que suaviza. Hasta parece, también, una contradicción. En ese momento, como él mismo nos pidió, desconfiamos del discurso. Pero Falú no se queda en medias tintas y alumbra: “Sé cuánto me juego con mis opiniones, pero no las negocio. Y en nuestro país, lo símbolos nacionales fueron símbolos apropiados por las clases dominantes para hacer desastres con nuestra tierra, nuestro pueblo, nuestro suelo. Un nacionalismo que ha vendido la Patria. Por eso tengo mucho cuidado: una cosa es tradición y otra, tradicionalismo. Yo admiro mucho a Yupanqui, pero en un tiempo Yupanqui fue adoptado por todo el pueblo, desde el peón a la aristocracia terrateniente. Cada uno lo adoptaba según su modo de querer la tierra. Ahora, cuando aparece un yupanquiano fundamentalista, esa es una posición peligrosa. Cuando se piensa que todo tiene que ser igual, se elimina la posibilidad de transformación. Esas posiciones fundamentalistas son una manera de decir ‘Acá está Dios, y todo lo demás no sirve’”.

Foto: Gentileza Nacho Correa

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El paso de Juan Falú por Azul será breve. La mateada, el concierto en el marco del Festival cervantino y otra vez a la ruta. Accede, sin divismos, a ser entrevistado por Revista Orillas en uno de los camarines del Teatro Español, minutos antes de salir a escena. Nos antecede una periodista del diario local que, entre otras cosas, le pregunta por la charla en la Biblioteca Ronco: “Estuvo muy bien, con mucha gente muy atenta y muy dispuesta a polemizar, que es lo importante”, responde.
Ahora nos quedamos solos con el maestro. Escuchamos su voz y, de fondo, a Paisaje Sur Trío (el conjunto local que abrirá la gala), afinando y probando sonido.
-¿Cómo vive la actualidad de la Argentina?
-Yo soy parte de un campo de la sociedad que está muy preocupado. Estoy absorto. Que hayan accedido al gobierno Macri, su propuesta y su gente era algo completamente impensado tiempo atrás. Nos llama a reflexionar qué condiciones se dieron para que eso ocurra. Es algo pendiente y lo debemos hacer. Mi preocupación es que ha sido convalidado con los votos, lo cual nos obliga a nosotros a pensar seriamente una alternativa para que no se instale el neoliberalismo en el país. Seriamente hay que pensarlo y creo que no tenemos en este momento una respuesta. Nos va a obligar a muchos desprendimientos, a ejercer plenamente el sentido solidario y colectivo, juntar fuerzas y dejarse de joder con los esquemas mezquinos de poder.
-Hace un momento lo presentaron como un “luchador popular”. Cuénteme sobre los inicios de su militancia, que usted siempre ubica en la época universitaria.
-Siempre aclaro que no me siento cómodo cuando me ven como alguien que ha tenido un compromiso muy especial. Ha sido algo natural en mi generación. Era un momento del mundo y del país en donde determinadas banderas y determinados sueños eran posibles, porque había un marco que los alimentaba y permitía la expectativa de realizarlos. Era otro mundo.
Yo soy parte de un movimiento que se da a fines de los 60, el del estudiantado universitario que empieza a asumir posiciones nacionales. Eso no había ocurrido antes. Los movimientos estudiantiles universitarios, generalmente, habían sido marcados por un fuerte antiperonismo. Yo entré en la universidad en medio de esas corrientes, de esas tensiones ideológicas, y fue algo natural. Estabas o no estabas comprometido. Para nosotros, ambas posiciones eran políticas. Nada estaba fuera. Por eso no lo vivo como un mérito personal. Fue el comportamiento colectivo de una generación.
-Lo mismo ocurrió con sus hermanos (N.d.R: uno de ellos, Luis, detenido desaparecido cuyos restos fueron hallados en 2016 por el Equipo Argentino de Antropología Forense).
-En ese momento militábamos cuatro de cinco hermanos. Y el que no militaba, luego fue un político al que toda la familia valora muchísimo. Fue diputado kirchnerista en los comienzos del gobierno de Néstor Kirchner: Ricardo Falú, diputado que enjuició a la corte menemista. Desgraciadamente este hermano falleció por una enfermedad horrible. Así que los cinco hermanos estuvimos, cada uno en su tiempo, comprometidos políticamente.
-¿Cómo lo vivían sus padres?
-Creo que con angustia. Fueron momentos difíciles. Cuando apareció la violencia en la política, ya sea porque había una violencia represiva o por el asumir la salida armada como propuesta, hubo situaciones de enorme angustia. Sabíamos todos que estábamos arriesgando la vida. Visto a la distancia puede hasta parecer heroico, pero en realidad, en ese momento, también era natural. Si uno asumía un compromiso, el concepto de la militancia que predominaba era vital, no como un ‘hacer al lado de otros’. Había definiciones como la de ‘El hombre nuevo’, una definición guevarista, que también la asumen sectores del cristianismo y el catolicismo con un compromiso social muy fuerte, que tiene que ver con los movimientos tercermundistas. Ese concepto de ‘El hombre nuevo’ era un concepto de entrega. Sabíamos que corríamos riesgos muy grandes, que había que asumir así las cosas.
-Una definición que no entraría en los discursos efectistas de los que usted hablaba…
-Por eso uno está perplejo. Es muy triste ver que las definiciones ideológicas salieron de los discursos y de las conciencias. Pero bueno, hay que tener esperanzas.
-Me llamó la atención que durante la charla utilizara el concepto de ‘grieta’. El uso actual que se le da me resulta, si se quiere, tendencioso. Creo más en que, como dice el poema de Benedetti, la grieta estuvo siempre, sólo hay que saber de qué lado poner el pie.
-Ah, sí, claro. Siempre estuvo la grieta. Sólo que ahora hay como grietas dentro de un mismo sector social. Eso es una novedad. Antes había más unidad de clase. Podía haber grietas dentro de la clase media, por ejemplo, pero la clase obrera, el proletariado tenía una unidad política-ideológica. Y también los sectores dominantes. Pero ahora la grieta está en todos lados.

***

De repente, el murmullo que llega de la sala y la voz del presentador corren el telón a la charla. Va a iniciar el concierto. Falú estará en el escenario dentro de veinte minutos. Lo dejamos acompañado de su guitarra, en un camarín pequeño y modesto. No hay bebidas, sandwichs, ni presentes. Sólo un hombre con su guitarra y su pensamiento. Y con las uñas listas para sacarle brillo a cada cuerda.