Juan Falú, el padre de un encuentro con mística

CLARÍN – 06/10/2014 – por Federico Monjeau

El guitarrista y compositor tucumano creó hace 20 años el Festival Guitarras del Mundo, cuya nueva edición comienza mañana en distintas sedes del país. Aquí elogia la música del folclore actual, aunque no tanto su poesía.

Juan Falú, el padre de un encuentro con mística

Por amor al arte Falú asegura que los cachets del Festival “son muy módicos y nadie se queja”. CLARÍN.

 

El Festival Guitarras del Mundo cumple 20 años y su creador, el guitarrista y compositor tucumano Juan Falú, ofrece a Clarín un breve resumen de ese logro bastante excepcional, que logró sobrevivir incluso a la crisis del 2001. “Cuando lo propuse a la Secretaría de Cultura de la Nación, me sugirieron que hablase con UPCN, el sindicato de Unión de Personal Civil de la Nación. El sindicato hizo el primer festival y desde entonces lo asumió como propio. Empezamos con dos o tres sedes y hoy son unas noventa. Y no hay más porque no hay más lugares disponibles”.

 

¿Cuál es la filosofía de Guitarras de Mundo?

Este es un Festival que tiene siempre un artista local, que no hace distinción de géneros, ni de técnicas ni de formaciones, y que piensa en la guitarra como un símbolo de las culturas regionales. La guitarra es muy poderosa y bien tocada en el Perú, por ejemplo. Uno conocía a los guitarristas de los valses y marineras, pero gracias a estos festivales empezamos a descubrir a los del Perú andino, la música de los ayacuchenses, que es increíblemente hermosa. Es una guitarra tocada con otras sonoridades, con muchos arpegios, ligaduras y trinados, que son como los rasgos onomatopéyicos de los sonidos e instrumentos de la región. Después está la guitarra venezolana, la de Paraguay con Agustín Barrios, la del Brasil, para no mencionar las distintas guitarras nuestras: la de Cuyo, la de la pampa y tantas otras. Más que el solista, la estrella del Festival es la guitarra y las culturas que ellas representan. Eso no quiere decir que no vengan grandes estrellas.

 

¿Quiénes, por ejemplo?

Este año vendrán guitarristas fenomenales como Pablo Márquez, Ricardo Moyano, Jorge Cardoso, Rudi Flores, para empezar, aunque la lista de grandes músicos es larga y no me gustaría dejar afuera a nadie. Los que te menciono son argentinos que tocan y enseñan en otros países. Vienen especialmente para el Festival. El Festival no tiene sponsor, los cachets son muy módicos y nadie se queja. La cosa tiene cierta mística. Los guitarristas vienen, tocan, y después del concierto se encuentran con otros en el restorán y se ponen a improvisar juntos. Estas guitarreadas espontáneas no ocurren en ningún otro lado. Los músicos extranjeros quedan muy marcados por esta experiencia. Una vez Eduardo Fernández, que es un gran guitarrista académico del Uruguay, me dijo: “cómo me gustaría improvisar como vos”. Y yo le dije: “cómo me gustaría tocar ese preludio de Bach como vos”. Cito un diálogo que no tiene nada de extraordinario, pero marca un tipo de encuentro, donde lo diverso converge.

Hablemos del folclore actual Llegué a la conclusión de que el folclore, con toda su larga tradición, o mejor dicho, ciertos músicos del folclore, son mucho más arriesgados que los músicos del tango y los que hacen rock.

 

¿Por qué?

Porque componen sin miedo a dispararse a cualquier lenguaje. Cuando arreglan, más todavía. Pueden arreglar con recursos hasta dodecafónicos, y no tienen el menor problema. Además, ya conocen la identidad de las músicas. No es como en los ‘80 o los ‘90, que no había mucha idea.

Tal vez el progreso histórico del tango haya estado más en la interpretación que en la composición. Pareciera ser que en un momento se dejaron de componer buenos tangos. El progreso del folclore es diferente: la composición sigue muy vital.

 

Sí, es inagotable. Y hora estamos en una primavera. Aunque no tanto en lo poético, sobre todo si uno compara con las referencias que tuvo: Castilla, Dávalos, Tejada Gómez… Pero musicalmente es impresionante. Lo veo en los alumnos de las carreras del Falla y de la UNSAM (Universidad Nacional de San Martín, donde acaba de abrirse una carrera de música popular que también dirige Juan Falú): es increíble lo que producen. Tienen madurez hasta para aplicar la pausa, cosa que antes no ocurría.

 

¿Por lo general componen dentro de ciertos esquemas formales dados?

Sí, pero no hay nada que les impida abandonar la forma clásica. Lo que pasa es hay algo interesante en las formas del folclore, si es que uno las concibe como un lenguaje colectivo, si es que uno puede ser libre y arriesgado dentro de la forma. A través una forma como la zamba o la chacarera está resguardada la comunicación, así como un código común. Esas formas las tomo como lenguajes. Y es el desafío lo que las vuelve interesantes. Uno puede llevar ese desafío adelante desde la improvisación, la composición o los arreglos. Cuando son formas con períodos que se repiten, uno puede encararlas por medio de la variación. Era lo que solía hacer Eduardo Lagos con la zamba, por ejemplo: en vez de hacer el tradicional esquema AAB y después repetir, él hacía AAAAA… con variaciones de tipo jazzístico, y remataba con el B. Remataba cuando consideraba que la variación se había agotado.En el caso de la improvisación, la forma termina ayudando, porque si no estás un poco a la deriva.

 

Son formas cómodas…

Sí, muchas vienen de danzas pero son musicalmente formidables. El gato, por ejemplo, es muy dinámica: frases cortitas de cuatro compases que se cantan y después viene el zapateo, instrumental, el doble de largo. Después viene otra frase cortita que se canta pero que equivale a media copla, ya que está interrumpida en la mitad por un nuevo zapateo. Y eso te obliga musicalmente a plantear algo, dejarlo en suspenso y rematarlo. Y la misma necesidad tiene el poeta. Esa copla tiene que rematarla bien. Como hace Pepe Núñez en De la raíz a la copa. Primero dice: Gajito tierno y fresco/recién mojado/me estoy sintiendo el árbol/ancho y buscado.

Y después: No me ufano por esto/siento que crezco,/a pesar del machete/rebroto fresco.

 

Decías que hoy no hay grandes poetas. ¿A qué se debe?

La época es más permisiva. En la mía reverenciábamos a aquellas figuras. Yo, que a veces escribía algunas letras para temas míos y que tengo el reflejo de aquellos poetas, aunque no soy poeta, a veces siento vergüenza de lo que escribí. Hoy hay algo más permisivo en lo que se refiere a la libertad de expresión. Bienvenida sea, pero a los jóvenes músicos hay que poder decirles que así como ellos han aprendido mejor que nadie la música de los mayores, podrían aprender un poco de la poesía de los mayores. Hay un sonido para las palabras, que el poeta sabe manejar, especialmente si es letrista. El tema es el sonido: si uno toca su instrumento y no busca sonidos se transforma en un intérprete anodino, aunque estés tocando la misma melodía que otro.