Folclore musical: entre el bicentenario y el mañana

Siempre me pregunto cómo habrían sido los cantos en nuestra tierra, dos siglos atrás.
Me imagino canciones y danzas de salón, cuyos ecos llegarían a los sectores populares como semillas de futuras danzas y canciones que, ya acriolladas, se plasmarían en el folclore de hoy.

Me imagino otras músicas de llegada más directa al pueblo, de civiles o religiosos trasladando sus propios cancioneros. Imagino más andaluces y valencianos que de otras comarcas peninsulares, y no sé por qué. Pura imaginación. Lo que sé es que uno imagina lo que no sabe y que en ese no saber reparto las responsabilidades entre mi propia ignorancia y la falta de investigaciones históricas en esta dirección. La única fuente de verdad y conocimiento que asumo a nivel personal es la de haber escuchado canciones tradicionales españolas, populares o religiosas (por ejemplo los villancicos) y suponer que llegaron con la conquista y empezaron a correr y a sufrir transformaciones.

Siempre se sostuvo que lo que hoy conocemos como folclore musical es una suerte de fusión de lo europeo, con lo originario y lo criollo. En algunas tierras entra lo “afro” en esta síntesis. En la nuestra no tanto, porque más allá de la percutiva chacarera -que aún no existía- o del más “afro” candombe -que existía menos como tal- pareciera que esa vertiente cultural y estética se fue junto con los negros que, a su vez, se fueron a la muerte por integrar las primeras líneas de los ejércitos patrios y no tan patrios o por emprender nuevos destierros.

Y la presencia de las culturas originarias? No se la ve en el folclore musical, salvo en las expresiones del noroeste donde efectivamente se fundieron coplas y cantos no originarios con sonidos pentatónicos y cantos bagualeros.

Parece que dos siglos atrás se estaba en plena fusión, la única realmente sedimentada, pues hay que suponer que venía aconteciendo desde tres siglos antes, que duró casi un siglo más hasta plasmarse en las especies musicales vigentes hoy, y que tuvo como protagonistas principales al español, al criollo y a los pueblos originarios del noroeste. No pierda nadie el tiempo suponiendo que estoy marginando otras expresiones autóctonas o la supuesta negritud en el folclore. Esas expresiones quedaron acotadas a sus comunidades y lugares, sin trasladarse a los folclores musicales de las restantes regiones (Litoral, Cuyo, Centro, Pampeana, Patagónica).

Todos respetamos las señales culturales originarias y sentimos una suerte de admiración por la afro –tal vez porque contiene elementos de rítmica, corporalidad y sensualidad menos presentes en nuestro folclore o, para ser más objetivos, presentes de otro modo- y ojalá los ciclos de la historia abran las posibilidades de nuevas fusiones que las integren. Ello ha sido natural en culturas centro y sudamericanas con fuerte presencia poblacional de los pueblos originarios y los venidos de Africa. No es el caso de Argentina y Chile. Y no sería el de Uruguay, salvo por la evidente y bienvenida influencia negra en su candombe. Pero suponer elementos estéticos charrúas en el folclore uruguayo sería un vano intento de dar presencia a una ausencia.

En todo caso, antes que estos vanos intentos, me parece más interesante pensar en el porqué de esas ausencias, como paso necesario a la puesta en valor de estéticas que aún permanecen sumergidas o acotadas a sus reducidas poblaciones de cultores, como podría suponerse de cantos Quom, mapuches, o guaraníes en general.

Sin embargo, estas preguntas sobre el ayer son de un tenor diferente a las preguntas sobre el mañana.

Cómo será la música argentina del Tricentenario? Cómo serán las nuevas fusiones?

Arriesgo una hipótesis. Una cosa es la fusión sedimentada en tres o casi cuatro siglos –la que se plasma en especies musicales regionales que hoy pueden considerarse Tradicionales, Representativas y Vigentes, y otra muy diferente las sucesivas fusiones de estos tiempos y las imaginables en los tiempos venideros.

Hoy se puede entrar por internet a una música siria, encontrarle una rítmica de chacarera con melodías de esas latitudes, y animarse a componer, arreglar o fusionar una chacarera que pueda presentarse como resultado de una fusión. O entrar a músicas árabes, turcas y africanas en general, y encontrar la marcación que es característica de las milongas y que Piazzolla imprimió fuertemente a sus tangos, y emprenderla con un nuevo ejercicio de fusión.

Solo el tradicionalista acérrimo podrá descalificar esos movimientos transgresores de la tradición. Pero, tratándose del arte como lenguaje expresivo, no cabe la censura.

Ahora bien. ¿Eso sería una fusión? O lo pregunto así: un ejercicio casi individual o de un grupo musical de fusionar lo que escucha, simplemente porque lo tiene a mano, ¿alcanza para plasmar un lenguaje colectivo?

Creo que no. Esas fusiones, que se autodenominan como tales, a mi entender no trascienden el círculo vivencial de quienes las practican, con todo derecho.

Distinto es el caso de ejercicios de fusión originados contemporáneamente por creadores e intérpretes que acaban plasmando una estética adoptada colectivamente (o denostada colectivamente, lo que sería equivalente a un certificado de existencia), en base a una alquimia difícil de explicar y que tal vez no se explique jamás. Pienso en la estética piazzoliana, como ejemplo más cercano.

Pero hay otros ejercicios de fusiones impuestas, y que son los más preocupantes. Son los que provienen de los sistemas mediáticos. Fórmulas de canto, giros poéticos, formatos instrumentales, mensaje a trasmitir y uso de la música en general. Esto ya viene ocurriendo hace tiempo. Un ejemplo claro se manifiesta en el modo de cantar. En el país de Gardel y Mercedes Sosa, se canta con estilo pop (no sé porque elegí ese término, pues no sé qué significa en realidad).

¿La globalización acarrea en sí misma fusiones estéticas impuestas mediáticamente?

¿Podremos considerar las navegaciones cibernéticas personales o grupales, como una forma de globalización paralela a la mediáticamente impuesta? Supongo que sí, lo que me lleva a más preguntas. Una forma de globalización viene con resultados predecibles -la mediática- y otra con infinitos rumbos posibles.

Estamos, pues, ante un panorama de cambios incesantes, predecibles y no predecibles. Y la cosa debe haber sido siempre así en la historia, solo que ahora tiene otros tiempos, otros plazos y otra incidencia en las señales culturales de los pueblos.

Frente a ese panorama, mi optimismo reside en que, justamente ante la diversidad y el vértigo de los cambios posibles, aparece la retaguardia cultural como un lugar seguro de dónde agarrarse para seguir siendo. Porque en el fondo todo se trata de ser, más que de parecer. Y por allí puede uno encontrarle sentido a la palabra “identidad”, tan usada como “fusión”.

Hubieron tiempos en que la identidad solo era posible asumiendo lo conocido. Y tiempos en que se definió justamente por la búsqueda de lo nuevo. Es un movimiento permanente.

Pero no dejo de pensar en el protagonismo de los pueblos para alcanzar sus modelos de identidad. En la música popular, no será lo mismo la identidad que se amasó en más de tres siglos que las sucesivas identidades que se van proponiendo desde un mercado que decidió usar la música con fines non-sanctos.

Pero además hay que estar atentos a la censura del tradicionalismo. Una cosa es la tradición y otra el tradicionalismo. La tradición siempre incluyó el ayer y su propio mañana.

Entre la fuerza transformadora de la propia tradición y la presencia vigorosa de esas músicas que se fundieron por siglos, estamos protegidos de las fusiones “truchas”.

Con las otras, las que se suceden por la búsqueda hoy facilitada cibernéticamente, y que surgen de una necesidad genuina de conocimiento, los caminos están abiertos.

Si el mañana es un gran interrogante cultural para los pueblos, habrá que asumir lo que tenemos como el agua que se protege en la travesía por un desierto.

Y a pesar de esta imagen decididamente pesimista, tengo mi optimismo centrado en una convicción: nuestros cantos tienen raíces y frutos, nunca se anclaron en una monotonía que pareciera ser el objeto del deseo del tradicionalista, pero tampoco perdieron la raíz esencial que a veces desconoce el modernismo compulsivo, obsecado e ingenuo al considerar que el cambio vale por el cambio en sí mismo y no como un movimiento certero hacia un mañana que supone también las certezas de un ayer.

Por una simple consideración generacional, pienso que hoy tenemos increíbles músicos treintañeros dedicados al folclore y al tango. Tienen medio siglo de presencia por delante. Solo alcanzaría una natural trasmisión generacional para imaginarse un siglo lleno de músicas heredadas de aquella gran fusión.

Tengo otros motivos para el optimismo acerca de una larga vida para nuestras músicas entrañables. Estoy convencido de que las músicas argentinas que reúnen aquellas condiciones antedichas –tradición, representatividad colectiva y vigencia- son las más permeables a las transformaciones. Por donde se lo mire, desde las cambiantes instrumentaciones, pasando por la inclusión de lenguajes armónicos de todo tipo y escuela, hasta las variaciones rítmicas más osadas, el folclore musical nos “dá permiso” para romper moldes y etiquetas. Y esto ocurre a pesar del anclaje tradicionalista de muchos de sus cultores.

Hay lenguajes musicales que se autodefinen como transgresores y que, sin embargo, en tanto lenguajes se mantienen iguales a sí mismos. Difícilmente pueda encontrarse en esos lenguajes un tanto estereotipados el ejercicio de versiones y variaciones que naturalmente se hace con una zamba clásica cualquiera. Es proverbial la reacción irónica de Yupanqui ante una versión de “Caminito del indio”. “”Me lo asfaltaron”, dicen que dijo. Y sí, entre tierrales y asfaltos, entre campos y ciudades, entre generaciones y generaciones, el folclore se mueve incesantemente. Pero se mueve sobre un centro de gravedad, que es la identidad de base, la estilística, el mensaje.

Y como un ejercicio de dialéctica pura, lo que reúne más tradición acaba siendo lo más abierto a las transformaciones.

Por eso pienso que en el año 2116, la declaración de la Independencia sea posiblemente conmemorada entre músicas raras, otras feas –seguramente las mediáticas de entonces, a menos que finalmente florezcan las revoluciones libertarias- algún rock tal vez melancólico, un tango “claro como el agua clara” y una radiante zamba.

JUAN FALÚ.-