Dejando cantar al viento

Con los músicos argentinos Liliana Herrero y Juan Falú.

LA DIARIA – Uruguay – 06/10/2014 – por Débora Quiring.


 

Dejando cantar al viento

Juan Falú y Liliana Herrero, durante la entrevista con la diaria. / Foto: Pedro Rincón

Este fin de semana se realizó el IV Festival Música de la Tierra. El sábado, la capilla de Jacksonville vibró con dos argentinos que detienen el tiempo: Liliana Herrero y Juan Falú, dos de los artistas más representativos de la estética vanguardista del folclore argentino. Su modo de cruzarse en el escenario y de interpretar sus composiciones se puede definir como esencial y único. En el encuentro hablaron de la situación actual del folclore, los problemas de la globalización, de la tierra y de la nostalgia, que acompañan el modo de percibir el mundo. Falú recuerda a su tío Eduardo como “un artista muy sobrio a pesar de la grandeza de su obra”. Herrero afirma que el folclore no necesita de ellos: “¿Qué necesitan [Alfredo] Zitarrosa o [Atahualpa] Yupanqui? Tengo la sensación de que son compositores que están en el futuro esperándonos a nosotros”.

-¿Qué representa para ustedes venir a tocar a Uruguay?

Juan Falú: -Recuerdo que la primera vez que vine a tocar a Uruguay estaba muy emocionado. He viajado mucho, y tendría que pensar por qué razón me emocionó particularmente venir a este país. Para mí era un acontecimiento, y para alguien que viaja es impensable no venir a Uruguay desde Argentina. Este primer viaje me marcó mucho, porque vine a un festival al estilo de los festivales folclóricos [la Semana Criolla del Prado]. Yo sentía que iba a ser una situación muy difícil, porque la guitarra sola en un festival… Sin embargo, se creó un ambiente tan hermoso que tuve un buen bautismo. Empezaron a surgir amistades, y luego comencé a sentir esa veneración por la guitarra que existe en Uruguay, lo que a mí, obviamente, me resulta muy grato. Siempre he tenido buenas experiencias, incluso en el ámbito familiar, porque empezamos a venir al Fortín de Santa Rosa.

Liliana Herrero: -Cuando se arman amistades se establece una relación muy poderosa. Mi marido tiene una frase que a mí siempre me gustó: “Uruguay es un país al que uno quisiera pertenecer”. Me pareció que la había inventado para mí, porque en verdad la cercanía con Uruguay, siendo entrerriana, es altísima. Los recuerdos infantiles son que nosotros salíamos para el este, no íbamos para el Paraná. Es un trato incluso del paisaje, que es el mismo, diría yo. En realidad, Uruguay y el litoral -si seguimos a Linares [Cardozo], que decía que para los entrerrianos la patria es el agua- están bajo ese acuífero guaranítico que pesa mucho sobre el pensamiento, sobre el paisaje, sobre la memoria poética y musical. Yo no recuerdo cuándo fue la primera vez que vine a tocar a Uruguay, pero debo de haber sentido esa experiencia que cuenta Juan, que no es cualquier país al que uno viene. Pero no hace mucho tiempo que vengo a Uruguay a tocar, y ahora hace mucho que no lo hacía.

JF: -Para alguien que es de otra región de Argentina, realmente Entre Ríos es la región vecina uruguaya. Porque es la misma cosa, no sólo en el paisaje, también es un modo ser.

-Además se han cruzado con numerosos compositores y músicos uruguayos de diversas maneras -o versionándolos o en el escenario-, como Osiris Rodríguez Castillo…

JF: -Aníbal Zampayo está muy incorporado emocional y artísticamente a Entre Ríos y Santa Fe. Es una nación con grandes compositores.

LH: -Y políticamente también: la posición de Zampayo -desde su Paysandú natal- siempre fue muy contundente y muy precisa. Esa herencia también debemos pensarla, porque la verdad es que estamos muy determinados por esas memorias.

-El año pasado, el Chango Spasiuk, en este mismo festival, nos decía que extrañaba esa pureza y esa capacidad de ver las cosas del modo en que se veían en su pueblo, de una manera mucho más sensible. ¿Les sucede eso con Entre Ríos y Tucumán?

JF: -Yo soy más áspero y me confieso urbano, aun viviendo en Tucumán. Soy de la noche, de la ciudad y de los bares. Por supuesto que amo mi tierra, me gustan mis montañas, pero nunca la miro desde la candidez, sino desde la entraña. La soberanía de la montaña es algo que no permite ningún tipo de candidez ni de ingenuidad o adoración sencilla del paisaje.

LH: -Yo no agregaría nada porque coincido absolutamente. Esa ingenuidad tampoco es posible en la ciudad, sólo que en la ciudad la rispidez de las cosas es más ostensible. Su complejidad, la densidad de la historia y del paisaje mismo, y a veces la crueldad, incluso, del paisaje, impiden la relación ingenua con las cosas, con las personas y con la historia. Y la memoria misma de uno, que va y viene, aparece. Es muy complejo ese tema. Porque si no, iríamos a una falsa dicotomía, como es la ingenuidad en la provincianía y la avivada en la ciudad. Hacer esas polarizaciones nos conduce a grandes errores. A nuestro país lo ha conducido a errores enormes.

-En sus composiciones parece no percibirse una nostalgia definitiva -pese al verso “nostalgiosa llevo el alma”-, sino más bien una esencia de la nostalgia.

JF: -La nostalgia, en mi caso, va y viene. No es que no esté. No me imagino sin nostalgia como no me imagino sin melancolía. Es cierto que uno lleva la tierra adentro también, y eso ayuda mucho a mitigar ese extrañamiento. Uno la lleva en el modo de hablar, el modo de comer, de reírse, de hacer la música.

LH: -También es la nostalgia de lo perdido. Eso es bueno sostenerlo. Nuestra infancia está perdida, y sostener la nostalgia como algo perdido que se puede recuperar de a ratos en forma neblinosa es lindo también, sobre todo para sostener el arte y la música.

JF: -Yo puedo decir que siento nostalgia de San Pablo y no de Tucumán. Porque a Tucumán voy y siempre iré. Pero San Pablo fue una ciudad donde viví ocho años [durante su exilio]. Primero tuve que dejar mi país y luego tuve que dejar mi ciudad. Éstos son movimientos compulsivos que te dejan una sensación de pérdida. Y la pérdida genera una nostalgia, obviamente. Me duele no estar en San Pablo.

LH: -Coincidimos. Porque además, ese paisaje -el de Tucumán, en su caso- se lleva pese a él. No hay nadie que se lo sacuda y se lo quite. Pero lo de San Pablo es otra cosa.

-¿Siempre la tierra de uno se traduce en la música? JF: -Creo que se traduce de todas las maneras posibles. Se traduce en el arte, en todas sus expresiones; se traduce en dolores…

LH: -… en celebraciones…

JF: -… y en expresiones no tan lindas. Tucumán es un ejemplo: también ha expresado un lado oscuro, asociado a la justificación de un genocidio. Yo prefiero ser realista: ¿te imaginás que sea cándido con todo lo que pasó allí? No se puede. Ya no cabe ningún tipo de ingenuidad, pero el amor no se va.

-Aunque sea contradictorio…

JF: -Es contradictorio. Por suerte tenemos las vidalas, con las que uno puede decir mucho. “Me voy a los cerros altos / a llorar a solas, lejos. / A ver si se apuna el dolor, / subo, subo”. Así que sí, se traduce en el canto. Y por eso cantamos como cantamos, porque estamos traduciendo no sólo un lado bondadoso, agradable, bello y amigable.

LH: -La idea del apunamiento del dolor, que es preciosa, es homologable a la de un salteño, [Jaime] Dávalos, quien dice: “Mi destino por el río es derivar”. Derivar, andar sin destino, a ver si se apuna algo, o calma, amortigua o ensordina. Pero ese ensordinamiento es imposible. La búsqueda es de cada uno y no cesa hasta que no cese la vida. Me parece que en el folclore, y en la poesía del folclore, está presente un deseo de homologar la experiencia de lo que pasa en la naturaleza con lo que le sucede al alma humana. “Chañarcito, chañarcito que tantas espinas tienes. Igual a mi corazón, entre espinas, te sostienes”. Es hermoso eso. A veces eso que le sucede al alma humana es lo mismo que le pasa a la naturaleza, como una mimesis o una réplica. Uno elige desde su territorio. Porque cuando uno canta sostiene una memoria musical, una memoria poética y una geográfica. Sólo sé que las voces no son sin suelo. Contienen miles de voces, incluso la de los gritos del horror y la de los gritos celebratorios de las fiestas populares. Cuando canto tengo la ilusión de que mi canto sea eso. Y si no lo es, seguiré buscando.

-Los dos irradian una intensidad muy fuerte en el escenario.

JF: -Es una entrega. Pero estamos siempre realimentándonos, como todas las personas; no somos especiales por eso. No se puede olvidar que hay un público que pide, que demanda, que necesita y recibe, y que sin esa presencia no pasaría nada. Es difícil vivir la sensación del éxito en el arte. Creo que la sensación del éxito puede banalizar al arte, al artista o a ambos. En cambio, la sensación de que se canta, se toca, se dicen cosas y hay un público que las recibe, las venera y las aplaude es como si uno fuese un emisario, un mensajero de algo artístico, y lo que se aplaude es eso. Porque si la forma es recibir el aplauso y que ahí se colme toda la necesidad propia, es realmente banal. Estamos en tiempos de una gran globalización del arte, así que tener una mínima intención filosófica en la vida es importante. Por eso, cuando dijiste que hay esencia en lo que hacemos yo me sentí muy halagado. Ésa es la única barrera contra la banalidad, que además es indefinible.

-Ustedes vivieron una experiencia nada feliz en el Festival de Cosquín. ¿Creen que ese tipo de festivales colaboran con el estereotipo de la escucha musical y la falta de diálogo cultural?

JF: -El Festival de Cosquín da para muchas interpretaciones. Me parece que es importante, porque con todas sus glorias y miserias termina siendo un lugar de debate en Argentina. Sólo por eso, ya es importante. Lo que ocurre en el escenario, en la programación, es otra cosa. A nosotros nos costó pasar por un horrible momento, pero creo que Cosquín es más que eso. Pero fue tan feo que prefiero no hablar de eso y confiar en que se pueda revertir.

LH: -Yo soy menos optimista que Juan. Me parece que ahí se diseña un gusto. Entiendo lo que dice Juan, de que Cosquín es más que el escenario, pero no escapa a los planes más globalizadores y estandarizadores de la televisión. Responsabilizar sólo a Cosquín de ese gusto estereotipado, pequeño, globalizado, sería una necedad. En lo personal no es algo que me atraiga, pero entiendo que muchos músicos también inscriban su historia ahí, porque la historia de Cosquín es importante. Lo que a mí me enoja es que no ha podido pensar ni siquiera en su propia historia. La presencia de Eduardo Falú, Atahualpa, las grandes ausencias que tuvo. Que alguien no pueda pensar su propia historia me parece una gran limitación. Posiblemente sea superada y se pueda hacer otra cosa. Igual es una estética predominante, que no la inventó Cosquín sino que se reproduce allí, al igual que en otros centenares de festivales que se hacen con los mismos artistas y las mismas fórmulas de llegada. Se reproducen formas jerárquicas de la cultura, planteadas por los medios de comunicación. Eso es grave, y una batalla cultural que casi te diría que tenemos perdida.

JF: -Hay colegas que usufructúan su posición de éxito en esos lugares donde los miman por serlo, y ellos serán complacientes. No esperes un pensamiento crítico ni que se jueguen por una idea…

LH: -Los organizadores de los festivales siempre programan en función de esa jerarquía establecida. Es una larga discusión cultural que ojalá en este país se dé, porque se lo merece. Argentina se merece este debate.

JF: -Mi optimismo radica en que uno podría hacer un buen festival popular, masivo, con excelente nivel artístico, con otro segmento de la población artística. Y esto existe.

-Hace unos cuantos años decías que la política argentina no tenía un lugar que interpretara la cultura. ¿Pensás que la problemática cultural trasciende la política?

JF: -Sí. Yo siempre pensé que la clase política no tomó conciencia y que aún persiste esa situación. Para mí, la cultura es entendida como una enorme retaguardia histórica de los pueblos, y, por lo tanto, como una proyección hacia su propia libertad. Entonces, cuando la clase política es inmediatista al generar encuentros que garantizan la convocatoria inmediata y fácil cae en la fórmula del éxito que maneja lo mediático. Es lo mismo que hacer política sin estrategia. A mí me gusta el político que conoce las entrañas de su tierra. Me gustaba mucho [Hugo] Chávez. La verdad es que me gustaba porque lo veía como un venezolano que podía cantar un joropo y ejercer un humor de su tierra, además de su ideal, su política, que pueden ser cuestionados; me gustaba ese rasgo, como me gustaba la picardía criolla de [Juan Domingo] Perón. Era un señor argentino que tenía fundamentos para liderar a un pueblo por tener condensada en sí mismo una cosmovisión de esa cultura. Como un Yupanqui o hasta un [Jorge Luis] Borges cuando habla de Buenos Aires. Uno extraña eso en la clase política.

LH: -Cuando es tan a corto plazo todo… Porque ahí, como dice Juan, no tenés más remedio que reproducir los mecanismos que decís combatir. Eso es grave en la política. Las palabras “éxito”, “multitud”… A mí no me gusta utilizar el concepto de multitud tan alegremente. Es muy complejo. Argentina y estos pueblos tienen una memoria de multitudes transformadoras y revolucionarias. ¿Por qué ceder tan rápidamente el concepto de multitud, y que quede capturado por la tecnología y los medios? Yo no estoy dispuesta, y no debo hacerlo, por mi propia memoria, por la de mi generación y por la memoria política del país. La multitud de la televisión es tonta al lado de esto. Y si no, condenamos a la gente que no puede escuchar más que lo que ya sabe. Por eso, cuando irrumpen líderes latinoamericanos y revolucionarios en el mundo, en contradicción con lo establecido, es absolutamente festejable. Estamos vivos. Eso es conmovedor.

-Volviendo a la memoria poética, ¿cómo se da el diálogo con otros géneros musicales, una constante en ambos?

LH: -Creo que siempre hay préstamos culturales, y que hay géneros. Defiendo esa idea. Existe el folclore, el tango, el rock, y hay conversaciones posibles. Es algo que he intentado hacer, porque hay tradiciones en otros géneros que me interesan muchísimo. Pero no para agregarlas al género que elijo cantar, por ejemplo, el folclore, bajo la idea de “mejorarlo”. Eso sí es terrible. Es lo que se dio en llamar “fusión” y “proyección folclórica”, que a mí no me convencen.

JF: -Nosotros tenemos algunas diferencias de opinión y posicionamiento frente a estas conversaciones de lenguajes musicales. Hace poco, estábamos en el Congreso de la Palabra, donde tuvo lugar una discusión alrededor del rock, entre la posición de Liliana y la mía. Ella cantó unas estrofas de [Luis Alberto] Spinetta y me dijo: “¿A vos te gusta esto? ¿Te parece que es buena poesía?”. Yo le dije que sí, después toqué “Plegaria para un niño dormido” y el público la cantó. Así cerró el encuentro, con el público zanjando la discusión, diciendo que era posible. Yo tengo mis prejuicios y encaprichamientos, pero reconozco que existe la posibilidad del ida y vuelta.

LH: -Somos de los pocos que discutimos públicamente estas cosas. También hay que decirlo, porque son discusiones que permiten pensar.

-2013 fue un año especial: Juan celebró los 50 años en la música con la edición de tres discos y Liliana editó Maldigo.

LH: -Me trajo más problemas Maldigo… Por el nombre, que sabía que sería problemático. Pero yo siempre me meto en problemas. Juan siempre dice que estoy preocupada, y es verdad. Maldigo es lo peor que se me puede haber ocurrido como nombre [dice riendo], porque todos creyeron que estaba maldiciendo, cosa que no me molestaría si estuviera haciéndolo. Pero no era maldecir. Violeta [Parra] maldecía. Santiago Giordano me dijo algo muy interesante: “Tal vez es el disco más folclórico que hiciste”, en el sentido de que maldecir es cantar sin el canon de lo que está establecido como cantar bien o cantar mal, como antiguamente cantaban las voces colectivas, como una especie de grito en el cielo, sin tanta domesticación del canto. Eso es lo que quise señalar. Esto se relaciona con lo que veníamos hablando, las voces en la globalización no tienen territorio: ¿dónde cantan? ¿de dónde son? Es eso. Pero me parece que en este disco hay temas -bien o mal tratados; hay momentos que me gustan y otros que no me gustan tanto- que son muy caros para nosotros: los niños a la intemperie, la intemperie de las almas, el desamparo, el desamor, la muerte. Los temas que atraviesan todas las vidas y la música.

-Incluye una sentencia muy fuerte.

LH: -En realidad, yo había leído muy bien el extraordinario poema de Leónidas Lamborghini, “Eva Perón en la hoguera”. La lengua poética en Lamborghini ya está quebrada. Tomé fragmentos de lo que, a su vez, ya eran fragmentos, porque hablan Eva Perón y al mismo tiempo alguien que no se sabe quién es. Simplemente -“Por eso afónica”- es algo que a mí me gustó decir.

JF: -De esos tres discos, el novedoso es un doble que tiene todas composiciones mías, porque los otros son compilados de temas ya grabados o grabaciones en vivo que pude rescatar, y de una parte mía, que cada vez valoro más, que es la de las canciones que, por suerte, fueron cantadas por grandes músicos y queridos amigos. Yo grabaría de nuevo muchas cosas. No estoy conforme con mi discografía…

– ¿Te sucede lo mismo?

LH: -A veces sí, pero no tan intensamente como a Juan. Hay cosas de él que no le gustan y a mí sí, pero es más fácil oír lo que hacen otros que lo que hace uno. Desde que conozco a Juan está disconforme con su discografía, aunque no con todo.

JF: -Quisiera tener un disco que me guste de principio a fin. Cuando grabo en vivo me gusta más, no sé por qué. Debe haber un plus emocional que funciona y un sonido que es diferente porque es el natural mío, y no el de un estudio. Hay una serie de cosas que ahora decidí investigar más para llegar a un punto sonoro que me guste. Eso voy a seguir haciendo durante los próximos 20 años.