“Crónicas en penumbra: Ramiro González, Juan Falú y un concierto de sobremesa”

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El talentoso riojano Ramiro González invitó a Juan Falú y su maravillosa guitarra argentina, para inaugurar su ciclo “De entrecasa”.

Por Alejandro Mareco

Foto: La Voz / Vos / Música

Hay músicas que deberían amparar el aire de su última nota, su suspiro final, en los brazos del silencio y demorarse un instante allí, en la tibieza pecho adentro, antes de que el frío de la fugacidad las disipe del presente.

Es lo que siente Juan Falú cuando al cabo de un melancólico pasaje por la infancia (“El único acercamiento a la felicidad que tuve en la vida”), puede sentir en sus manos lo dolido de la madera de su guitarra. “Debe haber músicas que no son para aplaudir”, dice.

Al menos, quizá los aplausos podrían contener su ansiedad un par de segundos para que las sensaciones se entiendan con el silencio, que cuando no carga con el espanto de la mordaza, es el continente de las palabras y de la música, la prueba de vida que le da sentido al canto.

Pasada una hora desde que el riojano Ramiro González y el tucumano Juan Falú estaban en el escenario de Cocina de Culturas, apenas si habían sonado media docena de temas.

“De entrecasa” es el nombre del espectáculo que se ha planteado Ramiro: conversaciones con un invitado, inspirada en el espíritu de “La Rodadera”, la peña que su padre Pimpe, también cantor y compositor, tuvo en La Rioja. Y el jueves concretó su primer capítulo con el enorme músico nuestro, el hombre que tiene una entraña invisible que une su cuerpo largo y flaco a la madera de la guitarra, y la convierte en parte de la misma materia con la que anda la vida.

El anfitrión abrió solo, con una dosis de su fecundidad compositiva, tan valorada en este momento del cancionero folklórico.

Ceremonial de la albahaca, fue su introducción chayera luego de uno de esos poemas suyos que también tanto definen su singularidad artística. Pero a poco de andar, quedó expuesto que en su ánimo había un sentimiento de tributo a Juan Falú, casi como una necesidad de indagar sobre las razones del corazón del tucumano. Todo un gesto de generosa fraternidad.

Sobrarían los momentos de deliciosos recuerdos y gracioso anecdotario, en una noche de comunicación abierta con el público que había colmado el salón. El temperamento de sobremesa que tendría el transcurrir de más de dos horas, quedaría acaso retratado en el confiado merodeo de un niño de rulos amarillos, que cautivado por los sonidos, terminó tendido casi a los pies de los músicos (Salvador, se llama, de siete años).

“Vengo con tres dilemas. Primero: ¿cuál es el origen del universo?; segundo: ¿qué hay después de la muerte’, y tercero: ¿por qué lo han puesto a Sampaoli de director técnico de la selección?”, sirvió al pasar el tucumano.

La extensa noche tuvo instantáneas de luz particular, como cuando Ramiro invitó a compartir la escena a sus amigos y compañeros músicos José Luis Aguirre y Jorge Luis Reales, entre otros convocados, como una de las hijas de Falú.

Hubo también un conmovidos momento especial: el recuerdo del entrañable mendocino Jorge Marziali, cantor y compositor con fundamento como pocos, fallecido hace un año en Cuba.

Aunque quizá el alma de la noche ya estaba definitivamente impregnado con el hondo modo en el que la sensibilidad de Juan Falú entregó su primera zamba: Como el aire, que le dedicó a su comprovinciano, el talentoso Juan Quintero.”¿Por qué'”, preguntó Ramiro.

Ya la respuesta es un pequeño viaje a una esencia posible de la zamba.

“Por la tucumanidad. En la zamba, sería un apego a una forma de hacerla. El aire en la zamba es como el donaire cuando se la baila. El significado de donaire podría ser: don del aire. Es decir, el fin del aire es meterse entre los sonidos, ponerles una pausa, un silencio, una reflexión. La zamba así se hace se hace sutil, siempre elegante, siempre profunda”.

Fuente: La Voz.-