5 – Músicas populares:

Resistir desde el pasado, recrear desde la revolución.

Por JUAN FALU.

Ni el pasado militante ni la condición de músico, me habilitan como intelectual para discurrir sobre la estética en un proceso revolucionario. Solo puedo hacer valer lo vivencial y arriesgar algunas opiniones posiblemente poco ortodoxas.

Voy a comenzar, pues, con el relato de situaciones muy sencillas vividas en plena militancia revolucionaria argentina durante los años ’70.

Ya era entonces músico y folklorista. Recuerdo reuniones informales en casas o peñas, durante el período de la militancia universitaria. Aparecía una guitarra e inevitablemente alguien me pedía una canción de protesta. En el ambiente intelectual, la música tenía sentido casi exclusivamente a través de canciones “con contenido”. Había que entonar, pues, a Víctor Jara, Violeta Parra, Nicomedes Santa Cruz, Carlos Puebla, Guillén, los cantautores nicaraguenses. Yo, humildemente, me sentía más a gusto con el cancionero de mi tierra, en el que siempre convivieron las canciones de “contenido” con las amorosas, paisajistas, picarescas, filosóficas. Como en todo folklore.

Ya en mi etapa de militancia junto a los trabajadores, sobre todo ferroviarios y zafreros azucareros, cuando ocurría una reunión para el brindis o la descarga, jamás me fué solicitada una canción de protesta. No me refiero a un rechazo. Simplemente se la asumía si estaba dentro de sus pertenencias, como estaban, por ejemplo, las canciones de Atahualpa Yupanqui.

Esto marcó para siempre en mí la diferencia sustancial entre el acercamiento intelectual al arte y ese otro modo de acercamiento que no sabría definirlo y por ahora llamaré de no-intelectual.

Primero debo aclarar que al cuestionar el modo intelectual de acercamiento al arte, no adopto a ciegas la posición simplista de “ponerse del lado del sentir popular”.

Y este comentario me lleva directo a un tema central: en estos tiempos el sentir popular está manipulado desde los medios masivos, generándose así una estética impuesta, unidireccional, en un proceso en el cual los pueblos no deciden.

Es la estrategia del consumismo.

En esa estrategia, la música se ha transformado en una herramienta formidable de supresión de la conciencia, de modeladora de gustos, sueños, fantasías, héroes, ídolos y toda una gama de sensaciones enajenantes.

En este proceso somos todos víctimas, intelectuales o no.

Si el fantasma de estos tiempos es la globalización, no tengo dudas de que el uso de la música constituye uno de  sus mejores ejemplos.

En esta línea de pensamiento, es claro que solo un proceso transformador decidido, participativo y popular, puede asumir la reivindicación del arte como alimento de las comunidades, y contrarrestar el avasallamiento mediático.

Pero no me imagino cuál y cómo pueda ser un arte revolucionario.

Parto de dos premisas.

La primera, que el arte trasciende la idea de la revolución pues es inherente a la naturaleza humana.

La segunda, que el arte usado como herramienta de alienación y globalización, puede superarse desde el propio arte que precede a los tiempos globalizadores, pero con el impulso de un proceso transformador.

Se trata, a mi modo de ver, de dar un paso hacia atrás, para poder recuperar pertenencias, identidades, y desde allí empujar hacia adelante con toda la energía creadora que emana de un proceso revolucionario genuino.

Sigo con  derivaciones de mi ejemplo inicial. Aquellos estudiantes ávidos por cantar  obras de Violeta Parra, no tenían la menor idea de que esas obras forman parte de un acervo popular chileno. Importaba que la letra diga “algo”, pero no si se trataba de una refalosa, una tonada o una cueca. ¡Cuánto mejor sería que nuestros intelectuales reconozcan los cantos de los pueblos hermanos de latinoamérica como pertenencias de su historia, como rasgos de su cultura¡

Hoy, en mi país, hay un fuerte impulso mediático al rock. Están roquizados los medios, las empresas, las instituciones, y hasta la clase política que, mentirosa, se “amiga” con la música de los jóvenes. Hasta se creó la absurda categoría del “arte joven”. Nuestros jóvenes, cuando descubren un canto ancestral en el noroeste andino argentino, o cualquier rasgo de su cultura, ya en el vestir, las comidas, la fiesta, el apego a la tierra, toman conciencia de lo que habían desconocido hasta entonces. Empiezan a ser más argentinos.

Se me ocurre una ecuación sencilla: la primera resistencia al emparejamiento globalizador es la presencia viva de las culturas regionales. Por consiguiente, la primera premisa en la concepción de una estética revolucionaria, debiera ser la restauración plena de las señales identitarias de los pueblos.

Reconozco estar condicionado en dos aspectos. Uno, que me sitúo como músico de folklore y por tanto ciño mis ideas al sentido, presencia y desviaciones de las músicas populares y no de la música como categoría más amplia y universal.

Otro, que vivo, sufro y gozo las experiencias de Argentina en este sentido, experiencias que no son del todo equiparables a las de otros países de América Latina, en los que hay una fuerte presencia demográfica y cultural de pueblos originarios.

Sin embargo, tenemos un folklore muy arraigado y hermanado con los de Latinoamérica, particularmente de nuestros vecinos más directos y del Perú.

Si tuviésemos un proceso revolucionario como el venezolano, no me caben dudas de que sería indispensable una política cultural que apunte a restituir las memorias regionales, la vinculación de éstas con las culturas bolivianas, chilenas, paraguayas, y la descentralización que permita hacer de Buenos Aires una metrópoli que mire más hacia adentro, entendiendo por adentro al propio país y a América Latina.

He dicho que no soy intelectual y ya se habrá notado. Puede hasta parecer conservador mi planteo (para un “progresista” argentino es casi pecado defender la tradición), y es por eso que prefiero hablar desde mi guitarra.

El mayor elogio que he recibido en cuarenta años de músico es que puedo sonar a viejo y a nuevo. El mérito no es personal. Se trata del arte, de su trascendencia. Del milagro de poder decir solo con la guitarra -sin la letra de la canción que dice más explícitamente- que uno es un sujeto con ideología revolucionaria, apegado a las señales de su tierra y dispuesto a volar sin fronteras porque es el arte mismo el que vuela.

Se me ocurre que una revolución en sus primeros pasos debiera estar atenta al desarrollo de los pueblos, haciendo hincapié en la educación, la cultura del trabajo y la justicia social.

El arte alzaría solito su vuelo como una fiesta de la tierra y sus gentes.