4 – El sánguche, el niño y el calderón*

Por JUAN FALU.

Abordamos el avión rumbo a Bahía Blanca, Oscar Alem y yo.

A Oscar lo vengo respetando desde hace muchos años. Hijo de libaneses y orgulloso de su sangre, toca el piano con la mansedumbre que aprendió de la raza y de las soledades pampeanas. Es sencillamente un músico que sabe combinar los sonidos, un músico que sabe lo que toca por esa rara e inexplicable cualidad que permite a alguien sonar como suena su tierra, o como la tierra manda.

Empezamos a acercarnos como “baisanos”, orgullosos los dos.

Oscar me parecía, hasta lo que ocurriría media hora después, un tipo exageradamente serio, de una formalidad inquebrantable.

Algo de eso pensé cuando miraba el sánguche de miga y el diminuto alfajor, ambos  ajenos y expuestos a nuestra mirada, luego de haber digerido los propios.

A nuestra derecha, del lado de la ventanilla del avión, viajaba un changuito dormido.

Cuando el camarero sirvió las tres bandejitas con los respectivos sánguches y ese alfajorcito de mierda, dejó una bandeja para el dormilón.

El chango dormía aún en momentos de turbulencias y ya se había merecido una puteada mía por lo bajo, porque estaba en la ventanilla que nos correspondía a Oscar o a mí, privándonos de la mirada al Río de la Plata, el Riachuelo, o el Tigre, o a cualquier agua y cualquier nube, ese exterior que siempre cobija más que el propio avión.

Miraba el sánguche a mi derecha y hacia la izquierda de reojo a Oscar, para asegurarme que no estaba dándose cuenta de mis intenciones.

El sánguche me llamaba, creo que me miraba también. Y el mocoso dormido. Además era un changuito más bien gordito y parecía estar durmiendo de lleno nomás. Y vino una turbulencia y seguía mirando pa’ dentro el pibe. Y yo al sánguche y a Oscar de reojo.

Pensé en atacar el comestible, con vergüenza. “Qué pensará Oscar”, pensaba.

Me imaginaba seriamente cuestionado por mi compañero, no con palabras ni con gestos, sino a partir del más puro silencio del pianista. No diría nada si atacaba el pan ajeno y eso me habría provocado una indigestión moral.

Elucubraba eso y sin embargo la tentación era más fuerte.

En una de mis miradas de reojo descubro los ojos de Oscar posados en el sánguche. Ya no estaba solo en la arremetida.

¿Qué te parece?, me animo y recibo casi sin terminar la contundente respuesta “mitad para cada uno”, del baisano.

Ahí empezó el festival de risas contenidas.

Chapo el objeto del deseo, lo parto lo más equitativamente posible dado que tiene forma triangular y no hay manera de hacer justicia con el corte porque no sé partir un sánguche en dos triángulos iguales ya que soy medio cuadrado, y de un solo bocado nos zampanos esas insignificantes mitades de jamón y queso.

Cosa de mandinga, o percepción extrasensorial o un caso de justicia divina, el pendejo se despierta en ese momento obligándonos a una rápida engullida del fragmento de miga, mientras nos mirábamos de reojo como si los pendejos fuésemos nosotros, sin poder contener la risa y sin detener el tránsito ligero del bocado hacia su míserable digestión.

¿Ya pasaron? Inquirió el compañerito de viaje con pocas palabras, pues no bastaban más palabras para saber que se refería al morfi, dado que estos chicos pareciera que viajan con toda la expectativa puesta en ese servicio. Claro, algunos grandes también, al parecer.

Sí, le digo. Tomá, y le alcanzo el alfajorcito diminuto que había resultado ileso de nuestro hambre.

¿Eso es todo? Siguió el niño preguntón, y sobrevino ahí mi primera parálisis de respuesta.

Esperá, le digo y llamo al camarero, mientras Oscar se retorcía por la risa contenida.

Por favor, ¿le traería un sandwich al nene?, le digo al camarero, pronunciando bien la palabra sandwich porque si le decía sánguche seguro que me delataría por hablar como delincuente. Porque en un avión, así como las señoras grandes siguen poniéndose un pañuelo al cuello para viajar afrancesadas, se debe hablar con propiedad, más si uno tiene que disimular su condición de atorrante, hambriento y ladrón.

Pero si ya le dejé la bandeja, señaló el camarero.

Ahí vino mi segunda parálisis.

Habrán sido unos segundos de silencio en los que pensé posibles respuestas sin disparar ninguna. “Ya se lo comió y quiere otro”, pensé en decirle.

“Se cayó y no lo encuentro”, se me ocurrió después.

Trabado en el mutismo de la propia verguenza, me salvó el camarero. Ahora le traigo una bandejita, dijo.

“Me gustó tu calderón”, me dijo Oscar con su risa ancha prometedora de una amistad que asomaba tímida, una risa bien árabe que nos acercaba a la sangre y al placer de tocar como auténticos baisanos esa noche.

*Señal de pausa en la música.