2 – Cultura nacional

Por JUAN FALU.

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Voy a San Juan. Rolando me lleva a un dique cercano. Señala un complejo turístico. Esto es de Tinelli, me dice.

Luego describe la descontrolada explotación minera a cielo abierto en su provincia. Qué lo parió, decimos. Llega la noche y amamos la tierra con tonadas.

Visito en Buenos Aires a Ramón, riojano. Me habla de otras mineras sacando oro en camionadas allá por Famatina. Cómo puede ser, decimos. Sale un vinito y defendemos la tierra con chayas.

Paso por Tucumán. Cerró El Molino con sus 20 mesas de billar y snooker. No era el pool yanqui. Eran juegos de alta estética, con charla alrededor de las mesas, despliegue de humor y acumulación de personajes durante setenta años. Y adónde iremos ahora, dicen Pedro y el Azúcar. Por lo pronto, esa noche sacudimos unos kipes con tripa rellena y ofrendamos a la tierra vidalas.

El mismo día, en el juicio a Bussi, corroboro que hay aún simpatizantes del asesino. Me cuenta Tucho que, para colmo, van los de Antropología Forense a identificar restos en cementerios del interior tucumano y encuentran escaso apoyo para obtener muestras de sangre y poder cruzar ADNs. Siguen las vidalas, ahora más lloradas.

En Puerto Madryn encuentro una buena. Conciencia ecológica y elogio del mar. Pero con tanto turismo internacional, es un poco más difícil refugiarse en la zamba. Y también hay mineras, por suerte resistidas. Esos resistentes seguramente cantan más zambas que los guías turísticos.

En cualquier otra ciudad encuentro estaciones de trenes o fábricas, recicladas en centros culturales. La novedad asegura que ya no pasan ni el tren por su estación, ni los obreros por su fábrica.

Paso por Salta. Mucho turismo ante la ofrenda colonial. Veo las lámparas viejas y me avisa el amigo Kantor que fueron fabricadas ayer.

Sigo a Jujuy y en Tilcara soy testigo del intercambio más cultural de estos tiempos: los lugareños se presentan con los genes bien a la vista y huéspedes porteños los “asimilan” para asegurarse la identidad buscada. Viva la Pachamama, dicen todos. Una que otra porteña queda embarazada y al tiempo los genes vuelven a sus lugares. Unos en la quebrada, listos para ofrecerse al próximo visitante y otros en el centro, en algún bar de Buenos Aires, con la identidad aún difusa.

Por suerte allá en Jujuy también hay noche y de estrellas claras, como para sumirse en bailecitos y amar la bendita tierra.

Compro una empanada en Buenos Aires y maldigo la masa de hojaldre. No va con los estatutos de la empanada. La empanada es hegeliana. Es la dialéctica de los contrastes, de la masa “pulsuda” con el relleno húmedo, de los colores, el marrón de la carne, el amarillo rojizo del jugo, el verde del verdeo, el blanco y amarillo del huevo. Muerdo la de hojaldre, se quedan pegadas las dos paredes de la masa apretujando una carne molida insípida y siento que para la gran urbe cinco siglos pasaron en vano.

Me escondo en una casa o en un bar porteño en serio, de esos con picadas en platitos y mozos cantores, y amo Buenos Aires con unos tangos.

Charlo en París con Jorge, misionero exiliado en el ’76. Están acabando con la selva en Misiones, dice. Ensayamos un discurso de soberanía nacional y al rato agarramos sendas guitarras y sale Merceditas o una de Braulio Areco.

Digo Areco, y nombro un patriarca, pero desconocido. Digo Luis Franco de Catamarca, Lucho Díaz de Tucumán, Raúl Galán de Jujuy, y nombro grandes poetas, pero pocos los conocen.

Y ahí anda Castilla, poeta mayor, casi ignorado en las ferias del libro. De paso, se ignoran sus estaciones de trenes, sus mineros, sus títeres, las coplas, la piedra, el coya, la montaña, y todas las tradiciones que suenan a postales, a naturaleza muerta, frente a la vitalidad del rock y su epopeya de volar y volar. El cóndor vuela más alto, pero el cóndor pasa y el rock queda.

Voy a Roca y Neuquén. Julio me señala unas canaletas que surcan el desierto, atraviesan bardas. Son líneas más largas que nuestra vista, dibujando una geografía patagónica. Se ven desde el avión como caminos, pero son canaletas. Esto es la demarcación de las zonas exploradas por YPF, me dice. Aquí hay décadas de trabajo que no se pagó a la hora de privatizar. Encima, ahora se explora poco y se extrae todo. Ahí nomás lo busco al Negro Soria y nos perdemos en cantos y brindis para diseñar nuestras propias líneas terrenales.

El campo protesta. Los oligarcas sacan las uñas. Los progres del centro se ponen de pié para salvar al gobierno que llaman popular. Los progres conocen apenas el olor de un guiso. Mientras, en el campo se juntan pobres y ricos, sabiendo que el pobre seguirá pobre y el rico seguirá rico. Queda el resto todo desorientado, como chicharrón en hostia. La derecha es autoritaria y tiene olfato popular. La izquierda es democrática y mira al pueblo de reojo. Unos buscan su lugar al sol, su ratito de gloria en la historia después de la epopeya setentista que no pudo ser, y los otros se asan bajo el sol pregonando un país con patrones de estancias.

Año yupanquiano con miles de homenajes. Ya tenemos la identidad asegurada, igual que con los genes de Tilcara.

Pienso en lo que escribo. Me acerco a los sesenta pirulos, fuí bohemio y militante pero ello no basta para estar a tono con los tiempos. Me quedé en el tiempo.

Es posible que no entienda nada de lo que ocurre. Tal vez ni siquiera haya entendido antes a mi país, augurando quimeras lejanas y a un precio alto, allá por fines de los sesenta. Tal vez mi identidad ande a la deriva, como la del turista que adoró la Pachamama.

Pero no renuncio. Y no estoy solo.

El asunto es decir lo que se calla. Aún persiste la sensación de derrota y el silencio, porque el golpe fué duro.

Desfilan los rostros de patillas largas, las estoicas militantes en minifalda, la caña en Tucumán, el machete y el obrero, el proletario metalúrgico, Ongaro, Tosco y esa oratoria con mística, el que estaba y no está, y aquel que se quedó con la bandera eterna como su pena.

La política se tornó miserable. Muerta la política, que viva el arte. Vivan el llanto y las palabras bien puestas. Viva la memoria despierta.

Voy a Santiago del Estero. Una vieja ofrece empanadas desde su canasto mientras entona en quechua una vieja vidala. La vieja vende empanadas reales, otros las venden embutidas en una chacarera que dá derechos de autor. Lo busco a Marrodán y nos desmayamos en más zambas para seguir amando esta tierra.

Sé de la otra cara de esta geografía, la optimista, pero necesito tiempo para elogiarla en un texto. En cambio, y por pura melancolía, puedo escribir las penas de corrido.

Ay, mis cuitas. Por suerte, hay una maravillosa juventud en un país que sigue prometiendo.

Y por suerte tengo guitarra.