1 – El Videla imperfecto

Por JUAN FALU.  Intérprete y compositor (Diario Clarín, 26/06/98).

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Tal vez fueron 30.001 los desaparecidos.

En 1992, trabajando en la Montes de Oca con el grupo GRATO -que coordinaba talleres artísticos con los pacientes-, escuchamos comentarios sobre el caso de un hipotético Nø 1 en la colonia, que murió a los seis años de ingresar.

Era el relato de un loco y hasta hoy pienso en la frontera que separa la realidad del delirio en aquella historia.

El loco contaba que al Nø1 lo visitaban en un auto negro. Su padre bajaba, su madre no, para una visita tan breve que lo más impactante era el auto. El auto negro era quien lo visitaba, contrastando, en su negritud lustrosa, con el paisaje bucólico de los bosques y los pabellones ingleses, a su vez contrastando en su bucolismo con el horror de una población sumida en la locura, la marginalidad, la pobreza.

El Nø 1 sería de los pocos no pobres.

Sé que andan buscando el lugar de sepultura, decía el loco, pero los del auto negro no aceptaron depositar el cuerpo sin vida de su hijo en un cajón de la Colonia. Esos son de mala calidad y se amontonan al por mayor en el pabellón de la carpintería. Son pilas de ataúdes para los que se van muriendo y cuya vida depende de un juez que los sigue a través de papeles.

Los internados son desaparecidos en vida.

Un día el auto negro trajo un cajón blanco vacío y se lo llevó ocupado con el pobre imperfecto, purificado por el blanco. Lo taparon con una bandera argentina, con un sol en el centro. Bandera de guerra, se supone, tal vez presintiendo que a la primera víctima de la imperfección le seguirían muchas otras en la guerra que decidieron llamar “sucia” para fundamentar mejor sus hábitos de limpieza y purificación.

Sería interesante rastrear a ese padre en su contexto, en aquel período entre los años 64 y 71. Militar de vocación, observaba durante el onganiato los enfrentamientos entre azules y colorados que, de tan internistas e inservibles, justificaban el surgimiento de una tendencia profesionalista, menos politizada y más apegada a los designios del arma. El Cordobazo del 69 lo encuentra en Tucumán. Es el joven coronel que se perfila como modelo de los profesionalistas, quienes se inmiscuirían en la política tanto o más que sus antecesores.

Aún recuerdo la venia de Videla, ingresando antes que nadie al edificio de la 5 Brigada de Infantería. Vista al frente, a las siete de la mañana ya bien despierto, manos delgadas hacia la sien, como una prolongación de una única recta del brazo, en ángulo con otra recta del antebrazo, que a su vez angulaba con la otra recta del cuerpo. En realidad era una única recta que se iba doblando en el porte del coronel recto. Desde mi puesto de guardia y de colimba del 69, no podía evitar el respeto. No cabía imaginarlo ni con un hijo en una colonia de oligofrénicos, ni con 30.000 víctimas futuras.

Con Videla hoy preso, la publicidad del caso atrae a los amigos del facilismo panfletario. Desde la política, jamás ha de traducirse esta historia. Porque el discurso político está vaciado de contenido. Es estereotipado, mentiroso, vulgar.

Da más cuenta de la realidad el relato de un loco. Jamás un delirio ha de sorprendernos tanto como una realidad atroz que no se traduce. Al menos desde la política de hoy.

Tal vez el arte tenga más chances. Por eso esperábamos una buena película, un poema, un libro o un cuento. Hay sólo uno, una joya de Hamlet Lima Quintana que se llama El perfeccionista.

Alguna vez leí que la personalidad prejuiciosa proyecta su escisión interna hacia el mundo exterior, que a su vez la expresa en forma del Bien y del Mal. Que el Mal es culpa de alguien o algo, y que este algo se conoce como chivo expiatorio.

Los infieles para la Inquisición, los judíos para Hitler, los desobedientes para Stalin, los zurdos para los represores y capitalistas, los inmigrantes para un nacionalista argentino, desocupado o no, son chivos expiatorios que un intolerante intenta eliminar, en la fantasía o la realidad.

La primera intolerancia de Videla fue hacia su hijo imperfecto.

Lo escondió. Buscó el Mal en el mundo externo y su chivo expiatorio. Lo encontró en el ideario y la militancia de buena parte de una generación y del campo popular en general, y decidió extirparlo haciendo desaparecer a 30.000 argentinos.

Su patología y la naturaleza de su prejuicio, que le dan “contenido moral” a un acto genocida, le impiden ver que el primero de los 30.000 fue su propio hijo.

Pero nosotros conocemos el destino de ese inocente N°1. La moral del genocida debiera incluir su informe sobre el destino de sus víctimas.

Banderas y cajones corren por nuestra cuenta.