“Debí hacer mi camino solo, sin estar ungido por nadie”

MUSICA › ANTES DE COSQUIN, JUAN FALU REPASA SU VIDA Y SU CARRERA.

“Lo de refugiarme en la noche, el vino y los amigos en vez de la academia siempre lo vi como una huida, un escape”, reconoce Juan Falú. Imagen: Arnaldo Pampillón.

El guitarrista debió aminorar un poco el ritmo de sus proyectos discográficos y conciertos, pero ya está involucrado en muchos más. En esta entrevista habla de su militancia en las Fuerzas Armadas Peronistas, del exilio en Brasil y el comienzo de su devenir musical.

Por Cristian Vitale. PAGINA 12

Juan Falú está intranquilo. Va y vuelve varias veces entre la cama y el living de su departamento de San Telmo, con cierta urgencia virtual: la computadora está al lado del lecho. “Estoy tratando de ordenar la agenda, ¿me espera?”, implora, con voz tenue. Es que la agenda, que el manso y exquisito guitarrista trata de acomodar a las apuradas, está superpoblada de conciertos y proyectos discográficos inconclusos. De los varios que tenía en carpeta, apenas concretó uno a dúo con el pianista Oscar Alem (Baisanos), y hay dos que están en las gateras. El más urgente es un compilado de 40 canciones de pluma propia, poco difundidas. Algunas de ellas aún permanecen inéditas, y otras se las han grabado Liliana Herrero, el Negro Aguirre, Juan Quintero o Laura Albarracín. “Son intérpretes que me honran mucho al hacer mis temas”, agradece. En el otro trabajo se expone junto a un quinteto de cuerdas reforzado por el charango de Rolando Goldman. “Proyectos discográficos siempre hay, pero tengo que empezar a limitar objetivos para tratar de terminar uno”, se ríe Falú.

–Es que usted debe ser, entre los artistas populares argentinos, el que más millas lleva recorridas por el mundo.

–Ahí está: tengo ganas de limitar los viajes un poco… El otro día me agarré una colitis terrible en un hotel de París. Eran los días de la tempestad de nieve, y la pasé tan mal que no pude resolver ninguna actividad prevista. Incluso pensé que no iba a poder salir de París… Ahí sí, el cuerpo aflojó. Me salvaron en Valencia con una dieta estricta. ¡Qué mal la pasé! Me dieron hasta suero en bolsita.

El cuerpo le avisó a este artista del apellido ilustre que pasar la barrera de los 60 no es solamente cerrar filas con el inexorable transcurrir del tiempo. También se trata de bajarle un cambio a un devenir agitadísimo que, además de los 20 discos que lleva en la mochila, los más de 50 que porta como invitado de otros, las 30 giras internacionales que acumula por Europa, Asia, Africa y “las tres Américas”, conlleva estados del alma, reminiscencias tristes de militancia –tiene un hermano desaparecido– y una profesión que, si bien no alcanza status de frustración, sí le devuelve un pasado recortado. “Soy psicólogo clínico. Me recibí en la Facultad de Filosofía y Letras de Tucumán y ejercí cuatro años, en Buenos Aires y en San Pablo. Los dos primeros años de exilio.”

–¿Dejó esa profesión por la guitarra?

–No. La dejé, porque no me sentía en condiciones emocionales para ejercer el rol de terapeuta. Estaba procesando muchos duelos, muchas pérdidas y una difícil situación de desarraigo. Si me hubiese quedado en el país habría tenido más contención con los colegas, pero en Brasil no… No pude seguir.

Brasil fue el punto de partida del largo viaje de Falú por el mundo y el efecto de su faceta menos conocida. A ese país tuvo que irse obligado por una actividad política comprometida que, cuando la cosa se puso espesa, precipitó la decisión. “Me fui en octubre del ’76. Toda mi familia estaba amenazada. Incluso había desaparecido mi hermano Lucho en septiembre y tuve que irme con dos hermanas. Sabíamos que teníamos que hacerlo y con el tiempo nos dimos cuenta de que estamos vivos por habernos ido”, cuenta. La historia política de Falú lo lleva directamente al Peronismo de Base de Tucumán, una agrupación clasista que ligaba en los albores de los ’70 con las Fuerzas Armadas Peronistas (FAP). Primero se involucró como militante universitario y después con un alto grado de decisión político-militar en la FAP-PB que aún le cuesta revisar en público. “Pasado tanto tiempo, en realidad uno podría contar todo, pero todavía hay fantasmas con el tema de la violencia política que, bueno… Pero hay que reconocerlo y decirlo con toda la convicción que suponía ese momento histórico: estábamos dentro de propuestas político-militares, habiendo pasado antes por las etapas de militancia normal a la condición de un tipo de clase media como yo: frentes universitarios, políticos y barriales. Eso fue. Tuve roles de decisión y debo reconocer que, con toda la autocrítica necesaria, siento un enorme orgullo por haber estado ahí”, se expone.

–¿Sigue identificándose como peronista, a la distancia?

–Serlo siempre significó cabalgar con la contradicción, porque el peronismo es contradictorio. Lo que pasa es que en determinado momento de la historia, identificarse con una propuesta transformadora y revolucionaria tenía un asidero en la realidad. Eran las expresiones combativas de los trabajadores peronistas, principalmente en el período que llega a su mayor símbolo bajo la CGT de los argentinos. Había un asidero para confiar en una alternativa revolucionaria desde el peronismo. En este momento es más raro sostenerlo porque no hay expresiones claras, aunque a veces veo que se mantiene a nivel de la militancia una posición que recupera algunas de aquellas banderas, no todas.

–Bueno, hubo una destrucción sistemática de esa conciencia, primero con la dictadura y después a través del trastorno de valores que implicó la década menemista.

–Aparte, incide el marco internacional, que no es propenso a plantear salidas anticapitalistas, y entonces aparecen las banderas más recortadas. Pareciera que hay un conformismo con hacerlo más justo al capitalismo.

–Es lo que sostuvo siempre Perón, al cabo…

–En ese sentido, Perón es el grado más avanzado al que se llegó dentro del sistema capitalista, y lo sigue siendo. Pero nosotros apostábamos a una alternativa socialista en serio, y no es que nos apoyábamos en el lado socialista de Perón, ¿eh? El era un maestro en el manejo pendular, pero nosotros apostábamos a que el liderazgo lo tuviera la clase trabajadora, directamente. Eso, hoy, bueno… Me encantaría sentirme peronista con las tres banderas vivas y aplicadas: soberanía política, independencia económica y justicia social.

–¿Nota a este gobierno en ese sendero?

–No sé, soy crítico. Y lo que más critico es la ausencia de crítica, digamos: siento que no hay un espacio para la crítica, que es muy necesario. Pero, por otro lado, después de la muerte de Kirchner, sentí que hay una llegada a nivel popular que no estaba clara antes. No tenía una muestra palpable del sentimiento popular destinado a defender un gobierno que, frente a las otras propuestas, evidentemente hay que defender. Hay mucho por hacer y cambiar, y la principal crítica tiene que ver con descubrir cómo es la forma de acumulación de poder para transformar la realidad: si es con la vieja dirigencia, o con una nueva que no arrastre los vicios ni del autoritarismo, ni de la política de punteros, ni de los vicios de la corrupción. Creo que hay que buscar nuevas formas de acumulación de poder basadas en el poder popular. Más que una crítica al Gobierno, creo que hay que hacer una crítica a la democracia.

–¿Qué lugar ocupa su conciencia política en la totalidad de sus intereses? Incluido el Falú músico, claro.

–En realidad, nunca he perdido la conciencia política y a veces tengo un discurso. Pero digo a veces porque en mi condición de artista prefiero tener cuidado, en el sentido de que el discurso ideológico de uno no aparezca como un recurso extraartístico para que le den más bolilla. Es algo que observo y no me cae del todo bien, porque hay una historia tan dolorosa en el país, que me parece que el arte puede contar desde sus metáforas, sin necesidad de hacer un uso del discurso abusivo del lenguaje. Y mucho menos si se lo hace en función de apuntalarse. Es decir, nunca haría canciones de llegada directa y masiva con el tema de los desaparecidos. Nunca lo haría pensando en un hit o en los derechos autorales… Es un tema delicadísimo. Dejaría que eso fluya desde el arte, desde la dimensión artística. Trato de tener mucho cuidado con esto porque, así como soy duro en la crítica, tengo que ser exigente conmigo.

–Haber pasado ocho años en Brasil debe haber sido un gran punto de inflexión en su trayecto musical. ¿Fue así?

–Totalmente. Allí nació mi primera gira europea y me abrió un camino que no se interrumpió nunca más hasta hoy.

En Brasil, Falú empezó tocando en boliches para sobrevivir y así fue hasta que se integró al grupo de música sudamericana Tarancón. “Empecé un proceso de creación de música a partir del ’80. Fue el comienzo de mi maduración como creador y compositor, algo que necesitaba mucho y salió. Muchos de los temas que sigo tocando fueron creados en ese momento”, arriesga, a la distancia. Aquélla fue una bisagra vital que cortó con el cordón umbilical familiar. Cuenta Juan, en una especie de miniautobiografía que aparece en su página web, que cuando subió por primera vez a un escenario, en 1963, la pasó mal. “Fue una tortura, pues entre el público se encontraba mi padre, escuchando atentamente para ver si estaba en condiciones de seguir el camino de su hermano Eduardo, un artista mayor, un mito familiar. Me costó asumir la pesada herencia”, admite en el escrito.

–¿La asumió? Porque en el texto dice que se dedicó a la noche, las guitarreadas y el vino.

–Eso de refugiarme en la noche, el vino y los amigos en vez de la academia siempre lo vi como una huida, un escape. Evidentemente, la cuestión del método y la disciplina para la música por alguna razón me costaron mucho. Y lo asocio con la carga no sólo del apellido sino del mandato que éste implicaba: ser un posible heredero de Eduardo. Pero después de tanto andar de noche había perdido méritos para serlo (risas) y tuve que hacer mi camino solo, sin estar ungido por nadie.

Ni por Eduardo, figura emblemática del folklore argentino si las hay, ni por Alfredo, su padre, un abogado que amaba la música por sobre todas las cosas, y que murió de tristeza por no haber podido superar la desaparición de Lucho Falú. “Para mí fue tremendo no haber podido mostrarle ese lado musical que brotó en mí con el tiempo, pero uno no puede evitar asociar algunas tragedias con el crecimiento. Es como una dialéctica permanente entre lo que se va y lo que viene. Y eso hace que uno viva los crecimientos con angustia, porque son como la contrapartida.”

–La angustia como motor…

–Totalmente.

–¿Y cuándo logró liberarse de la sombra de Eduardo, entonces?

–Eduardo fue y sigue siendo un músico fantástico para mí y es algo que trasciende el vínculo familiar. Sigo viéndolo como un músico extraordinario, superior… No sé si hay otro que me guste más. Sigue siendo una referencia muy fuerte, pero la autonomía aparece en la creación, en la manera de tocar y en el camino, porque son caminos diferentes. También en el momento histórico que ha vivido cada uno: a mí me ha tocado un período en que la militancia era un camino posible, en el que estar o no estar era una cuestión de debate muy seria. Bueno, la militancia y todas sus consecuencias, todo lo vivido en ese horror de la dictadura genocida, me marcó de una manera diferente, y eso sale en la música, y en la manera de tocar. Creo firmemente en que puede haber una lágrima en las notas. Son situaciones diferentes, y lo que vale es la diferencia y no las comparaciones desde el punto de vista de la competencia. Lo que tiene sentido es la diferencia, que para mí pasó a ser un valor esencial, porque si yo no salía diferente de Eduardo, hubiera sido mejor quedarme como psicólogo (risas).

–Se viene Cosquín. ¿Cuáles son sus expectativas?

–La verdad es que estoy conforme con que esté cambiando eso de darles carta blanca a productores y managers. En mi caso, tengo una relación directa con la comisión y me invitan porque me valoran. Incluso no me interesa el cachet y dejo que lo decidan ellos. Voy porque me interesa que la guitarra suene sola ante tanta gente.

–¿Prefiere el silencio o la aprobación a los gritos? Larralde no fue más porque decía que la gente no lo escuchaba.

–No es parámetro. El anteaño hubo una explosión de atención porque la gente estaba armando quilombo para que yo siga, y las cosas se empezaron a confundir, porque al año siguiente me escucharon en silencio 8 mil personas y muchos salieron a decir que era un fracaso porque no hicieron quilombo. No es así: el silencio es un éxito.

Cosquín será el regreso a la escena de Falú, luego de un prolongado hiato que lo está descansando de sus viajes. Además de Francia y España, 2010 lo llevó por China, Paraguay, Chile, Bolivia, Uruguay y Siria, la tierra de su sangre, de sus ancestros. Cuenta que tocó en un teatro y lo fueron a ver cien Faluh –así, con h– y que la música no fue lo mejor que le pasó. “El recital fue en un contexto raro, porque era de tango y folklore, pero el tango era demasiado central. Eramos un cantor y yo, y me sentí un poco descontextualizado. Lo mejor fue cuando me tocó ir al pueblo de mis ancestros, Bassir, en el que de tres mil personas, mil llevan mi sangre. No me importó cómo me fue con la guitarra, porque fui a ver los rostros, mis ‘jejenes’, y los vi. Es algo que todavía estoy procesando.”

–Un tucumano en Siria, ¿no se siente un extraño, pese al lazo familiar?

–No, yo no. Ni un poco. Por empezar, las gestualidades, las miradas, las sonrisas me parecieron familiares, porque son algo muy particular en los árabes, sobre todo la placidez de la mujer mayor cuando te mira y te sonríe. Es muy fuerte, y nosotros lo tenemos marcado de nuestras abuelas. Vi ese sello familiar del cual muchos Falú se jactan.

–Son un clan…

–Absolutamente.

–¿Y sabían de usted, de su música, de su militancia política, de su vida?

–No. Empezaron a averiguar cuando se enteraron de que iba. Me investigaron por Internet (risas). Sí saben de Eduardo, porque él es como una figura prominente del clan, un artista muy destacado a nivel internacional, que ellos tienen muy identificado. En un momento me recibieron en un salón unos doscientos Faluh de todas las edades, y después de las palabras de bienvenida del mayor, yo no sabía qué decir, porque sólo podía comunicarme en francés. Entonces opté por cantarles una vidala del Chivo Valladares (“Subo”) y después sonó una grabación de Eduardo… Ahí se nos cayeron las medias a todos.

Fuente: Página 12. Suplemento “Cultura & Espectáculos”